Ver la serie de Netflix, Cien años de soledad, es someterse irremediablemente a recibir un conjunto de imágenes y sonidos que se instalan con mucho poder en la imaginación de quienes hemos leído la novela de García Márquez. Y me temo que, de tal régimen, porque esas imágenes y sonidos se instalan como régimen, es casi que imposible salir. Esto, así tan contundente, lo digo porque luego de ver la serie cogí el libro y me puse releerlo. Al leer la primera línea “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento…” encontré que la voz que narraba en mi mente no era la mía, ni mucho menos la voz de García Márquez, sino la voz del narrador malísimo de la serie. Ese narrador, que por ahí leí que fue, además, asesor de actores para el acento costeño, que habla con pereza, que narra sin atisbos de sorpresas, que cuenta semejante historia tan portentosa sin matices y que aburre a más no poder, narraba también en mi cabeza mientras leía la novela. Al ser consciente lo espantaba y entonce...
De política y otros demonios...