Gustavo Petro lleva cuatro meses en el poder y cada día va creciendo esa crítica punzante y seductora de que este nuevo gobierno está reproduciendo las mismas viejas prácticas políticas de antaño: las roscas, el amiguismo, el méteme en la piña, el estoy en la pomada, el consígueme un puesto ahí, etc., en resumen: clientelismo. Y no creo que sea una crítica infundada. Solo basta ver algunos nombramientos en las embajadas y consulados, en donde se están nombrando no solo a los políticos tradicionales que hicieron campaña con Petro, di tu Armando Benedetti o Mauricio Lizcano, sino a otrora uribistas y ahora conversos como Juan Manuel Corzo en la embajada de Paraguay. También nombraron a un muchacho sin pregrado, sin preparación y sin experiencia en la embajada de México.
La crítica entonces tiene sustento. Hay ejemplos de sobra de
que claramente este gobierno nuevo es clientelista. O por lo menos parcial y
eventualmente clientelista. Que un presidente sea clientelista no es ninguna
novedad, pues el clientelismo es la esencia del sistema político colombiano; lo
ha sido durante más de cien años y me temo que lo seguirá siendo por cien años
más. La novedad acá está en que la crítica a que Petro es clientelista es mucho
más afilada toda vez que se hizo elegir con un discurso anticlientelar. Siempre
ha dicho, a lo largo de su carrera política, que es necesario vencer a la clase
política tradicional y señala en particular a los banqueros, a los
terratenientes y a “las mafias” de ser los responsables del clientelismo en
Colombia. Por eso mismo, a todas luces, denunciar el clientelismo pero luego
practicarlo es una demostración de incoherencia monumental.
Pero creo que es necesario establecer una distinción
importante para comprender esto que describo: una cosa son las coaliciones de
gobierno y otra el clientelismo. Me explico: Ni Petro ni casi ningún político veterano
de la izquierda tiene lío con que, al conquistar el poder, se establezcan
alianzas entre sectores políticos para garantizar la gobernabilidad. Tal
gobernabilidad pasa por acuerdos que tranzan apoyos políticos por puestos
burocráticos. Esto también es clientelismo, pues el amiguismo cunde, pero es un
tipo particular de intermediación que tiene una finalidad concreta: garantizar que las iniciativas del gobierno se concreten.
El otro tipo particular de clientelismo, ese sí detestado
por toda la izquierda, es el que se desarrolla en el marco de las elecciones:
el uso de recursos públicos como mecanismo para ganar los puestos de elección
popular como la compra de votos, la presión a los contratistas, el chantaje a
los líderes, el engaño, la trampa. Todo con recursos públicos. Este tipo de
clientelismo lo ejercen quienes detentan el poder y se quieren repetir. Tocará
esperar en cuatro años si el gobierno de Petro incursiona en este segundo tipo de
clientelismo, por ahora solo ha incursionado en el primero.
El primer tipo de clientelismo es incómodo, grosero. Eso de
poner en puestos privilegiados solo a los amigos, mediocres muchos, es bastante
antimeritocrático, pero no es ilegal. El segundo, el de establecer redes
clientelares y aceitarlas a punta de recursos públicos para ganar elecciones sí
es ilegal. El primero es inevitable, el segundo sí es posible y necesario
contenerlo.
Pero hay una variable que ni Petro ni el gobierno en general ha entendido y que, de no prestarle atención, será un factor que debilite la gobernabilidad del ejecutivo por más puestos que reparta: existe en Colombia una nueva sensibilidad política que está hiper-atenta al gasto público, a la moralidad política, a la corrección. Esta sensibilidad se nutre de la animadversión con los partidos y de la incredulidad con los políticos, sean estos de izquierda o de derecha. Por eso se vio tan mal que la presidencia compre sábanas de ganso y demás vanidades. Por eso se ve tan mal que el presidente le suba a los congresistas el salario y ya se ganan más de 37 millones mensuales, por eso se ve tan mal que la primera dama se crea una reina del medioevo y se de la gran vida.
Desde esta nueva sensibilidad
política el clientelismo soft de Petro ya se está viendo como una práctica tan
repudiable como el clientelismo ilegal. Ojo.
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