Hace unos días recibieron al Noño Elias con papayera y carnaval en Sahagún, luego de pagar su condena. El exsenador y gran elector de ese departamento estaba preso porque participó en el entramado de corrupción en el que la empresa brasileña Odebrech fue la gran estructuradora de una red coimas que se extendió por todo el continente y que en Colombia, cómo no, tuvo una gran acogida. El Ñoño era abrazado, vitoreado, aclamado: amado. Y él, cual reina de belleza, saludaba y mandaba besitos y reía viendo cómo toda esa gente, con camisetas de la selección Colombia, salió a las calles a recibirlo. Ante este fenómeno, la mirada cachaca se activó de inmediato. El moralismo y el humor con sorna no esperaron medio segundo y la cascada de comentarios en redes, con mucha unanimidad, giraban entorno a la pregunta ¿por qué reciben con tanto honor y con tanta bullaranga a un político corrupto? La pregunta es totalmente válida e interesante, pero la mirada cachaca, que es la que manda en re...
De política y otros demonios...