El novelón ese que involucra al hijo del presidente Petro es no solo una historia típica del melodrama latinoamericano -cachos, venganza, mentiras, protagonistas que caen en desgracia, terceros avispaos, cárcel, etc.- sino también un escándalo institucional de proporciones mayúsculas y con consecuencias que todavía no podemos dimensionar. El golpe ha sido durísimo: el gobierno que prometió cambios en el sistema político, que criticó hasta el infinito las prácticas antidemocráticas y las mafias que históricamente han sustentado a las élites y que juró erradicarlas, posiblemente fue elegido con los dineros sucios de estas mismas mafias.
Aunque sí recibió y consintió apoyos de sectores con pocos
escrúpulos, todo indica que el presidente no estaba enterado de los tejemanejes
de Nicolás y que esas platas entraron en el marco de una vorágine rocambolesca,
propia de la política electoral en las regiones. ¿Cómo fue que la plata del
narcotráfico y prácticas como la compra de votos terminaron favoreciendo la
campaña de un político que lleva treinta años combatiendo justamente este tipo
de cosas? La respuesta fácil, que escucho mucho de los malquerientes de Petro,
es que efectivamente el presidente sí sabía de las vueltas raras en las que
andaba su hijo y que, al final, es una persona que le gusta más la plata que la
comida de sal, como a todos los políticos de este país. La respuesta difícil,
sin embargo, puede ser menos seductora, pero vale la pena explorarla.
La plata sucia y la compra de votos a favor de Petro pudo
ser más un proceso de inercia propia de la política regional y menos una
directriz del mismo candidato o de algunos de sus colaboradores más cercanos. Me
explico.
En Colombia, las platas ilegales, provenientes casi siempre
pero no exclusivamente del narcotráfico, danzan al son de las elecciones.
Bailan currulao, bailan champeta y vallenato, baila pasillos y bambucos, bailan
joropo, bailan todos los ritmos nacionales. Por lo menos desde los años
setenta, cuando el clientelismo dejó de ser hacendatario y se modernizó, entronizándose
en las ciudades y poblados intermedios como polea de transmisión entre el
Estado y la sociedad, el dinero sucio ha sido el estímulo y la consigna, el
medio y el fin, la gasolina y la música de la fiesta electoral. Por tanto, aunque
surjan propuestas nacionales -cachacas casi siempre- que intenten cambiar esta
cultura política, por más de que el candidato sea antimafias y por más de que
exista una gran masa popular que empuje grandes transformaciones, al final, en
las regiones, siempre gana la forma histórica de hacer las cosas.
Es decir; aunque Petro se asuma -y muchos lo asuman- como un
proyecto renovador, refundador, popular y moderno, enfrenta la talanquera de la
inercia política: esas prácticas, relaciones y representaciones heredadas de
dos siglos gobernados por élites retardatarias y mezquinas cuya naturaleza es
la antítesis misma de la idea de la democracia liberal. La financiación de
campañas con dineros provenientes de la ilegalidad es tan solo una de esas
prácticas tan instaladas y normalizadas en las regiones que ningún proyecto
centralista -como el Pacto Histórico- va a poder cambiar solo conquistando el
poder ejecutivo. La inevitabilidad de la inercia se consolida tanto más cuanto se
ha sedimentado un sentido común en las regiones colombianas; uno que no solo
auspicia la ilegalidad, sino que la ve necesaria para ganar en política.
De esta inercia no se salvan ni siquiera los gobiernos de
izquierda y progresistas en las regiones, como el caicedismo en el Magdalena y el
quinterismo en Medellín. Porque la inercia política (que también pude llamar de
modo general como “cultura política”) pesa tanto que termina siendo funcional
al clientelismo; por eso, para sobrevivir y mantener el poder, estos sectores “alternativos”
se han convertido en jugadores clásicos de lo peor de la política.
Entonces, aunque bienintencionado, Petro sabía que no podía
ganar sin parte de esas maquinarias tradicionales y las usó, creyendo poder
subordinarlas, sabiéndose hegemónico. Y aunque sabía que efectivamente podían
meterle plata sucia a su campaña (como reconoció recientemente en una
entrevista con la revista Cambio), las ganas de ganar impidieron comprender que
una parte fundamental de la inercia política regional colombiana es la
capacidad de adaptación de las élites locales. Por eso muchos se volvieron petristas
a última hora, cuando sintieron el triunfo de la izquierda y entonces la
inyección de billete no solo fue necesaria y urgente, sino apenas lógica, pues
siempre se ha hecho: es lo reglamentario.
Al gobierno de Petro solo le queda intentar cumplir con una
pequeña parte de todo lo que prometió, porque este escándalo del hijo mañoso,
infiel y embustero si algo dejó claro es que jamás, desde el ejecutivo, se
podrá romper la inercia política regional. Los resultados de las próximas
elecciones regionales me darán la razón: ganarán los de siempre.
Comentarios
Publicar un comentario