Militantes diligentes
En el otoño del patriarca, esa novela terriblemente difícil de leer pero fascinante hasta los tuétanos, García Márquez describe los vericuetos cotidianos de una dictadura militar en cabeza de un patriarca gigante, casi que inhumano, que gobierna por un tiempo indeterminado un país ficticio en el Caribe. Esta obra, la menos leída del nobel pero la más estudiada por los expertos, cuenta los azares de un hombre solo, contradictorio y abandonado a la fatalidad que logra capotear las crisis políticas, las revueltas populares, la animadversión de sus enemigos, la zalamería de sus amigos, el amor, la enfermedad, la traición.
De todo lo que se aborda en la novela, que es la misma naturaleza humana, me llama la atención las descripciones que García Márquez realiza sobre cómo, alrededor del general, se aglutinaba la muchedumbre llena de paralíticos, leprosos, ciegos, niños mocosos, políticos advenedizos, diplomáticos flemáticos y un largo etc. Todos queriendo recibir, de mano del dictador, la sal de la salud, el favor de un empleo oficial, zanjar alguna discusión sobre linderos o hallar la ganilla que le hurtaron a alguna doña. Concomitante, su círculo privado profesaba una fidelidad y devoción que ya quisiéramos nosotros para Dios; atendían las crisis y los problemas más importantes y solo le informaban al general cuando ya se habían resuelto, se anticipaban con una diligencia inusitada a las peticiones del gran patriarca y comprendía que la imagen pública era lo más importante, por lo que siempre reparaban, con impecable celeridad, los estragos mediáticos de la incorrección política.
Aunque el escritor se inspira en los dictadores latinoamericanos de la década del setenta, la historia de este militar tropical me resulta ejemplificante para comprender cómo en Colombia, guardando las proporciones, algunos líderes políticos con gran poder carismático generan a su alrededor las mismas prácticas que García Márquez describe en su obra. Prácticas que en esencia pretenden conquistar y/o mantener el poder político y que, vistas desde la lente del realismo mágico, resultan entretenidas pero que puestas en la realidad constituyen grandes hechos de corrupción. Y este es mi punto: la congregación de aduladores, pero sobre todo la camarilla cercana de los líderes políticos colombianos, con tal de satisfacer al líder y ganase su gracia, incurren en acciones autónomas que van más allá de sus funciones y que, en aras del interés superior que no es más que el mismo interés del líder, terminan incurriendo en prácticas gubernamentales clientelares e ilegales.
Sin siquiera dar la orden, los lugartenientes del general se encargaban de resolver las necesidades de la patria. Como en el caso del expresidente Uribe, que tal vez sin darle la orden, la muy aplicada María del Pilar Hurtado como directora del DAS se montó todo un operativo de espionaje contra de las altas cortes, políticos y periodistas incomodos para el gobierno. O algunos militares como el general Montoya, embriagado por la guerra contra el terrorismo y empeñado en recibir la bendición de Uribe, exigía positivos fueran o no reales. O los casos de campañas presidenciales que le entran dineros calientes (ora narcotráfico, ora Odebrecht) en los que la mayoría de las veces el beneficiario directo no sabe nada. Existe en Colombia la figura del personaje leal y comprometido con la causa, que es su causa, y que por su cuenta organiza y tranza acciones en favor de la patria, la ciudad, el movimiento, el partido, el jefe, el cliente, el doctor.
Una parte significativa de los escándalos de corrupción en Colombia, sobre todo los ocurridos en las regiones, se pueden comprender desde esta perspectiva. Y la condición de posibilidad de su existencia y extensión no radica exclusivamente en la avaricia y en el patológico aferro al poder que dirigentes y sectores políticos manifiestan y que en consecuencia paren a esta recua de menesterosos. Creo, por el contrario, que la figura del militante diligente (que puede fungir como asesor, contratista, secretario de despacho, ministro, etc., pero ante todo es militante apasionado) surge como producto de un conjunto de prácticas y representaciones sobre la política y sobre el poder público. Para el militante se concibe la conquista o el mantenimiento del poder político como posibilidad única de orientación en el mundo, como proyecto obligatorio para la humanidad (y como proyecto personal), como razón sine qua non para salvar la patria (o el distrito, o el municipio). Es la pose mesiánica de los liderazgos carismáticos que auspician los personalismos en las democracias actuales.
Desde sus atalayas de ficción, los líderes todopoderosos como el general en el otoño, alimentados por estos militantes diligentes, irrigan la idea de que sus ausencias en el poder serían la hecatombe, retroceder en el tiempo, entregarle la ciudad a los de antes.
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