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Militares, justicia y posacuerdo

Militares, justicia y posacuerdo

Esta semana se conocerá en definitiva la suerte del coronel retirado Alfonso Plazas Vega; ese oficial del ejército que en su labor de recuperar el palacio de justicia tomado irresponsablemente por la guerrilla del M-19, pronunció una de las frases más celebres de la historia reciente de Colombia: “¡Mantener la democracia maestro!”. La Corte Suprema de Justicia debe resolver si ratifica la condena que mantiene a Plazas Vega tras las rejas o lo absuelve y pone fin, en última instancia, al proceso que se le sigue por la desaparición de personas que salieron vivas del palacio y que posteriormente fueron asesinadas. Dado que se trata de violaciones a los derechos humanos ejercidas por fuerzas del Estado, el caso Plazas Vega reviste de gran relevancia nacional. Sin embargo, es el proceso de paz de La Habana el que ha profundizado la observancia y la expectativa que existe sobre el fallo de la Corte que pondría punto final a un proceso judicial de más de ocho años.

Si la Corte resuelve ratificar la condena se envía un mensaje claro y contundente de que la justicia opera, así sea luego de tres décadas de ocurrido los hechos y los familiares de los desaparecidos obtendrán la tranquilidad de que el presunto responsable, por línea de mando, pagará una larga condena de la que probablemente no salga con vida. Por el contrario, si la Corte, en sala plena, absuelve a Plazas Vega envía el mensaje de que la justicia operó en todas las instancias y consideró que las pruebas existentes no son contundentes para mantener una condena de treinta años y que la desaparición de las víctimas obedeció más bien a un caos generalizado y a un conjunto de errores militares estratégicos en los que el oficial de marras no tuvo responsabilidad.

Estas dos formas muy específicas de observar la cuestión permiten dimensionar la complejidad de la justicia y el alcance que tendrán los acuerdos que en este sentido se establezcan en La Habana. La politización y la ideologización del debate sobre la justicia transicional para los militares ha impedido imaginar formulas alterativas que resuelvan la cuestión y reproducen formas maniqueas de reaccionar frente las decisiones judiciales. Amparados en el discurso de la “impunidad”, sectores de derecha argumentan que es imposible pensar en amnistías, como la que recibió el M19 y que a la postre ha permitido que cuadros de esa colectividad hoy ostenten grandes cargos en el Estado, o en penas alterativas como las planteadas en La Habana mientras Plazas Vegas es condenado a treinta años de prisión. Y sectores de izquierda, en consonancia con las organizaciones de víctimas, ven con benevolencia los arreglos pactados con las guerrillas pero no les cabe en la cabeza imaginar que los militares reciban un tratamiento similar. Para ellos, militares y paramilitares deben pudrirse en las cárceles.

Los crímenes y hechos de guerras, llámese desapariciones del Palacio de Justicia o llámese masacre de Bojayá, perpetrados por guerrilleros o por militares, son el producto de una guerra irregular que requiere una aproximación desmarcada de maniqueísmos y dualidades y una fórmula de justicia que reconozca el carácter gaseoso del bien y del mal. En la zona de guerra, en la vereda, en el monte, se desdibujan las fronteras morales y el malo es bueno y el bueno es malo. El ejercicio de las armas, en espacios de ausencia de jerarquías de mando, toma una dinámica propia, muchas veces perversa que estimula el delito y los errores; que elimina la “legitimidad”, la “defensa legitima” o cualquier otro atributo.

En tal sentido, flaco favor le hacen a la paz las condenas tan dispares entre los actores armados del conflicto. Los militares en Colombia, como actores armados del conflicto, inmersos en violaciones a los derechos humanos, son claves no solo en el escenario de posacuerdo que se aproxima, sino que son absolutamente indispensables para la reconciliación nacional y para la construcción del nuevo país que implica la prometida paz territorial. El acuerdo sobre jurisdicción especial para la paz anunciado el 23 de septiembre es un avance gigante, pero mientras Plazas Vega y muchos otros militares reciban condenas de treinta años y los grupos guerrilleros que combatieron reciban amnistías y penas alternativas, la sostenibilidad de la paz se verá amenazada.        
   
Álvaro Acosta Maldonado

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