Discursos emocionales
Las declaraciones que hace pocos días el expresidente Uribe
espetó en la prensa, donde afirma que el país se le está entregado a las Farc,
que el proceso de paz no es más que una piñata de impunidad y que por tanto es
necesario hacer resistencia civil no solo llama la atención por la novedad
discursiva, sino que también pone de manifiesto los alcances viscerales de la
oposición comandada por el Centro Democrático.
Los discursos en contra de cualquier iniciativa de paz y a
favor de la confrontación armada no son nuevos. Desde los años de Laureano
Gómez y Jorge Eliecer Gaitán, e incluso desde antes, hemos sido observadores de
una variopinta gama de discursos emocionales que conminan a la confrontación, a
la violencia, a la resistencia armada. Son discursos cargados de una gran
emotividad, que recurren a verdades de perogrullo, a consignas planas, a
sentencias básicas que no dicen nada, pero que impactan en la conciencia de los
menos instruidos. Ninguna confrontación, y máxime si es violenta, escapa una
producción, distribución y consumo de discursos emocionales y, en este campo,
Colombia es una gran fábrica.
Basta con que Uribe diga cosas como “se está equiparando a
la fuerza pública con el terrorismo”, o que “los responsables de delitos
atroces no pagaran ni un día de cárcel”, o que “se quiere imponer por la fuerza
un modelo económico fallido como el de Venezuela” para que gran parte de los
colombianos reaccionen espontáneamente en contra de “esa paz de Santos”. Fenómeno
que se entienden, en parte, porque la forma en la que la gente experimenta y le
da sentido a la política, al Estado y, en general, a lo público, está
atravesada por sentencias que pululan en el ambiente. Los discursos a favor la
paz no cuentan con la misma carga emocional que los discursos en contra de la
paz. Si bien ambos operan en el orden de lo simbólico, el perdón y la reconciliación
son superados por el resentimiento, el odio y la venganza.
El discurso de la paz es ingrato: implica el otorgamiento de
amplias concesiones, la aceptación de penas alternativas, no punitivas, no
carcelarias; es decir, requiere asumir un paradigma de justicia distinto. Requiere
además ampliar el sistema electoral y darles estatus político a los alzados en
armas. Requiere maniobras legales para la garantía constitucional de los
acuerdos. Requiere, en fin, la aplicación de una receta irregular para una guerra
irregular. Pero por más que se repita que es mejor la paz que la guerra, estos
elementos pesan y no son digeribles para el grueso de la población.
De ahí la peligrosidad de la invitación hacia la resistencia
civil que Uribe plantea. Con un proceso de paz donde el 57% de la población
afirma que va por mal camino, con un gobierno cada día más impopular, con la
otra guerrilla que promete dialogo y no hace sino dar bala en el monte, con la
dilación de la firma final del acuerdo y, sobre todo, con una oposición de
derecha que sabe bien estimular las vísceras de los colombianos, la esperanza
de terminar la guerra no será otra cosa buenas intenciones. La resistencia civil, será, en consecuencia,
no un conjunto de marchas protestado en contra del acuerdo. Será, más bien, la insostenibilidad
sociopolítica del proyecto de construir un país en paz.
No me quiero imaginar el discurso de Uribe el día que se
firmen los acuerdos de paz en La Habana.
Alvaro Acosta Maldonado
Desde las antiguas guerras civiles se extendió la imagen de un Estado débil y un panorama de desesperanza que no soluciona los problemas reales de la población, además no es claro quien ha sido el vencedor y el perdedor de las luchas. Por esto, la violencia que en los siglos XX y XXI ha prevalecido en Colombia es resultado del pasado inestable que se generaliza en todos los actos criminales de los actores violentos que provocan una naturalización fundamentada en la historia haciendo de los colombianos seres intolerantes ante cualquier situación de presión o peligro, gracias a esto y a la clara manipulación de los discursos por parte de los diferentes actores políticos, cualquier iniciativa por buena que sea, tendrá una respuesta opuesta por los intereses que se defienden por debajo de cualquier discusión, debate o acuerdo.
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