El verdadero alcance de la paz
El conjunto de razones por las que la gente se opone al
proceso de paz y, en consecuencia, a su mecanismo de refrendación se podrían
referenciar en dos grupos: los de la retahíla uribista de “paz sin impunidad y
sin elegibilidad política para lafar”, “Sí a la paz, pero sin la entrega del
país al castrochavismo” (¿Obamacastrismo?) y demás esperpentos retóricos que a
diario vociferan los representantes y áulicos de la derecha colombiana. Por otro lado, están los críticos un poco más
sensatos, pero igual de intransigentes, que opinan que la paz de Santos es una
farsa porque hay crisis en la salud, en el campo, hay pobreza y la guerrilla
sigue secuestrando y matando. Muchos de estos críticos hacen parte de gremios
como los camioneros, los movimientos sociales sobre el tema agrario; hasta los
taxistas que amenazan con hacer campaña por el No hasta que el gobierno elimine
a Uber del país.
Estos críticos del proceso de paz deben entender las reales
dimensiones y alcances de lo hasta ahora pactado en La Habana. Para superar equívocos
es imprescindible no perder de vista que el fin principal del proceso de paz es
el desarme de las Farc; una guerrilla de cincuenta años de existencia que ha
cometido sendos crímenes atroces contra la población colombiana. Una guerrilla
que, los que queremos la paz, también la detestamos. A cambio de su desarme, el
gobierno acepta unas prerrogativas asociadas a reformas en el campo, sobre los cultivos
de uso ilícitos, en la participación política y en el diseño de una justicia de
transición para juzgar penalmente a los individuos con responsabilidades en
hechos ocurridos con ocasión del conflicto, tal y como han hecho muchos países con
conflictos más brutales que el colombiano. No es más.
Entonces la paz no es la refundación de la patria, no
significa el advenimiento del comunismo, no es la persecución ni el
encarcelamiento de la oposición ni ninguna barrabasada semejante. La firma del
acuerdo final no va a resolver los grandes problemas estructurales que tiene el
país y, es más, la implementación de los acuerdos tampoco será la gran
revolución: en el mejor de los casos se mejorarán las condiciones de algunas
zonas rurales del país, se avanzará en la sustitución de cultivos que alimentan
el narcotráfico, se intentará garantizar el ejercicio de la participación
política y se repararán las víctimas. La pobreza, la desigualdad, la crisis de
la salud, el desempleo y demás males seguirán presente.
Tener presente el alcance de los acuerdos de paz permite
desmontar el conjunto de críticas que se ciernen en torno al proceso y
comprender que la paz no es más que la ausencia de guerra. Que conviene
realizar reformas constitucionales para blindar jurídicamente los acuerdos para desactivar de una vez y para siempre la máquina de guerra de las Farc. Así
sea que la paz la firme un representante torpe de la oligarquía como Juan
Manuel Santos.
Alvaro Acosta Maldonado
Alvaro Acosta Maldonado
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