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Eso que llamamos El Establecimiento

Eso que llamamos El Establecimiento

Uno de los tantos hábitos de pensamiento que pululan en los sectores de izquierda es recurrir irreflexivamente a entidades omnipresentes y omnipotentes para enunciar sus elucubraciones que, intentan ser críticas, pero terminan siendo afirmaciones banales y con bastante poco sustento.  Entidades como la mano negra, las fuerzas reaccionarias, la oligarquía y la más común: el establecimiento, entre otras, por medio de las cuales se intenta demostrar la existencia de un sector de la sociedad que funciona coherentemente y que quita y pone presidentes, define la política internacional, define la política económica y fiscal, se opone a la modernización del campo, se opone al proceso de paz cuando conviene, apoya el proceso de paz cuando le conviene. El establecimiento, según la izquierda, hace y deshace cual Dios supremo por encima (o detrás, más bien) de los poderes públicos; y hace gala de un engranaje inconmensurable.

Este hábito de pensamiento, además de superficial, supone la inexistencia de las relaciones de fuerza entre los distintos poderes del Estado. Oblitera que la oligarquía no es una sola; que hay oligarquías que operan en los diferentes niveles territoriales del país, olvida que el sistema político colombiano, como todo sistema político, está expuesto a ambientes extrasocietales que lo influyen y lo dinamizan y, por último, ignora que la elite política no es una sola. Que hay una pluralidad de elites políticas, económicas, eclesiásticas, militares, académicas que no necesariamente comparten una misma línea de pensamiento.

Decir esto es tal vez una perogrullada, pero conviene expresarlo toda vez que el riesgo de olvidar tal realidad implica aproximarnos al poder político sin considerar los matices. Decir, por ejemplo, que el establecimiento puso a Alvaro Uribe como presidente y luego ese mismo establecimiento lo quitó y puso a Juan Manuel Santos es de una candidez laudable. Esta afirmación no tiene en cuenta que la irrupción de Uribe en el escenario nacional tiene que ver con el posicionamiento político de una elite del campo y que, luego de un proceso de acomodación, las demás elites y facciones de las elites, se plegaron y dinamizaron el proyecto contrainsurgente. Olvida que no fue una mano invisible y fantasmagórica la que puso a Santos en el poder, fue la astucia de levantarse con los votos del uribismo y luego desmarcarse de este y poner en marcha una política pública de paz y de dialogo. Ambos proyectos fueron el resultado de cambios cualitativos que expresan diversas formas de concepción del país que representan hombres cuyos capitales se cimientan en la articulación con las demás facciones de las elites.

Algunos dirán que el establecimiento no son los sectores políticos sino el capital financiero y las trasnacionales. Hacen parte de la elite económica del país que coyunturalmente tendrán o no, influencia frente algunas decisiones, pero no constituyen en modo alguno el leviatán que dicen los sectores de izquierda.  


¿Quién mata a los líderes sociales de Marcha Patriótica? ¿la mano negra? ¿el establecimiento? ¿los paramilitares? Responder esta pregunta implica apartar las ligerezas y entender que en cada sector donde asesinan lideres existen poderes de facto, prácticas ilegales, intereses en disputa, control territorial y hegemonías que operan bajo lógicas que no necesariamente se corresponden entre sí. Nada acá tiene que ver con un solo establecimiento. Si es que existe, hay múltiples establecimientos, múltiples manos negras que a veces convergen, que a veces se contraponen. Y es esta contradicción dialéctica la que permite el avance del sistema político colombiano; no un ente intangible, inmutable e inmaterial como muchos, de manera bienintencionada pero inocente, quieren hacer ver.    

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