La nación corrupta
Ahora que el proceso de paz con el ELN parece que va bien y que el
proceso con las Farc, a pesar de los miles de problemas, sigue su curso, el
país va entrando en una etapa interesante de autorreflexión sobre temas que
otrora eran imposible de posicionar en la agenda pública. Soldados y
guerrilleros muertos, secuestros y extorciones, oleoductos y torres de energía
destrozados, comunicados grandilocuentes de guerrilleros justificando sus
acciones, declaraciones de políticos y funcionarios indolentes, entre otros
tópicos, eran el común denominador de las noticias en Colombia. Y ahora no es
que sea tan distinto: la diversidad de fuerzas que desde la clandestinidad se
oponen a la paz hacen casi que imposible pasar del todo la página, pero, en
todo caso, resulta imposible negar los beneficios de los procesos de paz con
las guerrillas.
Y esta etapa de posacuerdo y de consolidación de la paz, que
cándidamente he llamado de “autorreflexión”, ha permitido no solo vislumbrar
temas tan importantes como la corrupción, sino que ha puesto sobre la mesa la
imperante necesidad de repensar las respuestas que históricamente hemos
fabricado para explicar la violencia política en el país. Sobre este
aspecto me quiero referir.
Luego del silencio de gran parte de los fusiles emana la corrupción
como asunto que antes estuvo siempre presente pero latente. Ahora,
posicionada por los escándalos de Odebrech, Reficar y el más reciente que
implica a nadie menos que al propio fiscal anticorrupción, la corrupción se
constituye en el eje en donde oscilan campañas presidenciales como la de la
senadora Claudia López. Tanto López, como representantes de la izquierda como
Petro y Robledo, han planteado tesis interesantes que no sólo describen sino
además explican la naturaleza de las prácticas corruptas. Tales explicaciones
permiten ver quiénes son los responsables, cómo es el modus operandis y cuanta
plata se roban en cada escándalo.
La senadora López siempre expone cómo se gana, con corrupción, la
presidencia de Colombia y cómo ella, desde esta misma instancia, pretende
“domesticar a la clase política”. Robledo es experto en develar quien fue el
que se robó el dinero y quien lo ayudó y qué fiscal lo está encubriendo y
Petro, tal vez el más sesudo, cuenta con una experiencia importante destapando
escándalos de corrupción con la que ha logrado una aproximación sobre la
expresión de la corrupción en el marco de las alianzas que se tejen entre las
diferentes elites políticas del país. Ahora, podemos detenernos a dar cuenta de
la corrupción en sus diversas manifestaciones; sin embargo, cuesta hacer un
ejercicio de abstracción para ubicar el fenómeno de marras en el escenario del
sistema político y, por qué no, en el espectro del Estado-nación.
Me explico: la corrupción, en esencia, es una relación de
intermediación, es clientelismo puro y duro, pero ilegal. Llevamos en el país
décadas explicando tales relaciones, pero no hemos abordado mucho la pregunta
de ¿Cuáles son las condiciones de posibilidad del sostenimiento de la
corrupción? O, en otras palabras, ¿Por qué existe tal facilidad para apropiarse
de los recursos públicos? La respuesta fácil e históricamente dominante es que
el asunto es de principios y valores; que hay una importante carencia y
flexibilidad de moralidad y ética pública que facilita que un alcalde municipal
sin mayores problemas se apropie, en el mejor de los casos, del 10% de cada
contrato que firma. Muchos otros responden que es la captura del Estado y su
instrumentalización como empresa la que explica la constante succión de
recursos por parte de particulares.
La corrupción, así como la violencia, se comprende mejor si
subimos un poco en la escala de abstracción y entendemos que, en tanto
clientelismo, las prácticas corruptas responden a una forma particular de
interacción entre Estado y sociedad; y que es propia de la formación del
Estado-nación colombiano. En el centro del país ha habido más Estado que
Nación, en las regiones intermedias más clientelismo que Estado y en la
periferia del país más poderes de facto que nación y Estado. Así las cosas, ese
sentimiento colectivo, eso que nos une a todos como miembros de un mismo país,
esos símbolos patrios, han sido casi que inexistentes; y en su lugar operan
referentes locales y regionales que nada tienen que ver con la vida nacional.
Dada esta fragmentación, que no solo es sociopolítica, sino
histórico-cultural (porque más allá de los deportistas y de algunos buenos
esfuerzos de Carlos Vives, nada conecta a un colombiano del pacífico con otro
de los llanos) la identidad nacional es, a lo sumo, una quimera terrenal sin
sustento material. En consecuencia, no hay posibilidad de contrarrestar la
corrupción en el país cuando sigamos concibiendo al Estado como como algo
alejado a un “nosotros”, como algo ajeno, que no nos pertenece. Mientras sea inexistente
una comunidad imaginada que, atada a unas instituciones estatales, defina los
derroteros de futuro del país, el clientelismo corrupto seguirá siendo la polea
de transmisión entre Estado y sociedad.
Explicar, en ese
sentido, el saqueo sistemático de los recursos públicos pasa no solo por
develar a los responsables, como ya parece que se está haciendo, por ejemplo,
en el departamento de Córdoba y que para esto López y Robledo son excelentes
investigadores. Pero más allá, conviene revisar cómo se integró este
departamento a la vida nacional, cómo el Estado allí no es más que la expresión
política de una cultura parroquial que nada tiene que ver con la nación soñada
de Bolívar y cómo, dado lo anterior, la ausencia de nación genera la indolencia
del que se roba el dinero de los niños con síndrome de down.
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