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Populismo y clientelismo


Populismo y clientelismo

La palabra “populismo” está de moda. Y me temo que lo estará por lo menos de acá hasta la segunda vuelta presidencial, en junio. Y si gana el candidato cuya campaña atacan con esa palabreja no dejaremos de hablar de populismo en mínimo cuatro años. Así que vale la pena preguntarse de qué habla la gente cuando hablan de populismo y por qué les asusta tanto.

Sin pretender establecer una tipología sesuda, el populismo podría exponerse como un estilo particular de hacer política cimentada en una concepción del Estado que establece que las necesidades en educación, salud, empleo y demás, deben estar a cargo del poder público; y que son los más necesitados, los más desprotegidos, los pobres, los miserables, los verdaderos receptores de las acciones gubernamentales. O, en otras palabras, el populismo, entre otras cosas, pretende, por medio del auspicio de la industria nacional, generar un Estado de bienestar y hacer las reformas modernizadoras correspondientes.

La pregunta es ¿Qué razones hay para oponerse a tal plan? ¿Acaso no es eso lo que necesita Colombia? La respuesta fácil es que el populismo es irresponsable con los recursos públicos, que juega con la des-esperanza de la gente al prometer el cielo y la tierra sin sostenibilidad fiscal, que es peligroso para la democracia pues conduce al caudillismo y posteriormente a la dictadura como en Venezuela, que no es tecnócrata, que son ególatras, que polariza. Pero estas razones no son más que miedos infundados: para el caso colombiano, la oposición acérrima a esta propuesta obedece a que un gobierno de corte populista eliminaría la esencia misma del sistema político clientelar bajo el cual se ha sostenido el poder político desde el inicio de su vida republicana.

El bipartidismo clientelar del siglo XX no solo cerró la participación de otros sectores de la sociedad que pretendían ser parte de la vida nacional, sino también posicionó al clientelismo como única relación entre Estado y sociedad. El clientelismo, esa práctica que consiste en tranzar recursos públicos por lealtades electorales, ha sido el cimiento bajo el cual el Estado colombiano ha hecho presencia en los territorios: elites bogotanas aliadas con los poderes de facto en los territorios fueron el tipo de relaciones bajo las cuales fue haciendo presencia el Estado en todo el país. En medio de relaciones instrumentales que no tenían ninguna pretensión modernizante, el clientelismo se erige como forma de intermediación política por definición. Y su contra parte, el populismo, no es más que una amenaza desestabilizadora.   

Mientras en Brasil Getulio Vargas avanzaba en sus paquetes de reformas y Perón hacía lo suyo en Argentina, los intentos de López Pumarejo con la revolución en marcha fueron pausados por su copartidario Eduardo Santos cuando vio que iba muy rápido. El proyecto gaitanista fue frenado violentamente ese 9 de abril y cuando la ANAPO ganó las elecciones el gobierno se inventa un apagón bastante pertinente que trajo como resultado a un Pastrana como presidente. Es decir, solo es evidenciar un intento, así sea discreto, de populismo en Colombia para que las fuerzas políticas clientelares reaccionen, incluso de manera violenta. Este orden social explica la paradoja colombiana de por qué, en medio de un conflicto interno tan prolongado y degradado, las instituciones democráticas han funcionado sin interrupción en las últimas seis décadas.

Pero, si bien el sistema clientelar aún mantiene su poderío, el crecimiento de las clases medias y las nuevas relaciones clientelistas propias del mercado, más flexibles, además de los escándalos de corrupción, han profundizado la crisis de representación de la clase política colombiana. (En este claroscuro surge nuevamente una propuesta populista, liderada esta vez por Gustavo Petro). Y esta crisis es la oportunidad para comprender que las grandes reformas que el país requiere no van a venir de fuerzas que históricamente han sustentado su poder por medio del clientelismo. El populismo no es socialismo, no es comunismo, no es castrochavismo: es una propuesta que busca modernizar las instituciones que sistema clientelar ha impedido modernizar.

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