¿Los costeños somos corruptos?
Hace algunos meses,
cuando la Fiscalía destapó el escándalo en el que salió involucrado el ex
guerrillero costeño Jesús Santrich, y que a la postre lo tiene privado de su
libertad, escribí en mi cuenta de Facebook una serie de preguntas bastantes
provocadoras sobre la corrupción y la caribeñidad. Luego de señalar que me
llamaba la atención que en los últimos escándalos de corrupción siempre estaba
involucrado, al menos, un costeño, disparé lo siguiente: ¿Será que la cultura
caribe, con su desparpajo y su amabilidad permite tranzar y arreglar negocios
non sanctos? ¿Será que comunicativamente somos más asertivos para, por ejemplo,
decir "ven acá compadre, vamos mitad y mitad, tú sabes cómo es la
jugada"? ¿O será más bien un asunto de moral, de herencia histórica, del
contrabando de los siglos XVII y en adelante? ¿O será mejor que, como región
periférica no nos hemos integrado a la vida nacional sino a través del
gamonalismo, del clientelismo y que solo así, robando y montando nuestras
"roscas", es que nos hemos cobrado la deuda histórica que el Estado
tiene con nosotros?
Claramente son preguntas
no solo provocadoras sino también pretenciosas; absurdas dirían algunos. Pero
habían quedado ahí, sin mayor reflexión hasta hace pocos días cuando, conocidos
los resultados de la consulta anticorrupción, Gustavo Petro afirmó en un trino
lo siguiente: “El problema [el umbral que no se superó] estuvo en la costa
Caribe. El feudalismo y la compra de votos la ha absorbido tanto que no
reacciona cuando no hay dinero en las urnas”. Esta afirmación contiene al menos
dos aspectos que valen la pena ser revisados: el primero de ellos es una
imprecisión histórica respecto del feudalismo. Es necesario aclarar que no hubo
ni hay feudalismo en el Caribe colombiano; ni en ningún lugar del país, pues el
feudalismo en un sistema de producción y de organización de la vida social
eminentemente europeo. Lo que ha habido, y quizás es lo que quiso decir Petro,
es un sistema económico hacendatario, de concentración de la tierra, de
ganadería y agroindustria extensiva, de gamonales y patronazgos premodernos que
coaccionan a los electores y les indican a quien deben apoyar.
Lo segundo es que,
efectivamente, en gran parte de la región se compran votos. En los informes de
la Misión de Observación Electoral son protagonistas municipios de La Guajira,
Córdoba y Magdalena como escenarios susceptibles a variadas prácticas de fraude
electoral, tanto en elecciones legislativas como en elecciones subnacionales.
Y, aunque el fenómeno se ha venido transformando y sus variaciones son
sofisticadas (La cuasi senadora Aída Merlano puede dar fe de ello), se hace
necesario comprar votos para ganar elecciones porque las relaciones de intermediación
entre candidatos y electores cada vez más están atravesadas por lógicas utilitaristas
y pragmáticas: el clientelismo ya no es gamonalista ni partidista; es, en
esencia, mercantil. Esta lógica de relacionamiento plantea que para ganar
elecciones es necesario ya no convencer a la gente, sino o comprar votos, o
montar una gran red de favores con eficacia comprobada.
Quien fuera senador por
cincuenta años, el barranquillero Roberto Gerlein, le dio la razón a Petro. Con
su retórica grandilocuente, hiperbólica y llena de vericuetos afirmó: “Petro tiene la razón. Se ha venido cristalizado una conciencia
equivocada de que el elector debe ser prohijado con una dádiva económica. Es
cierto que se compran los votos, no todos, pero es cierto que se compran. […]
El elector si no recibe un aliño económico o de otra naturaleza: puestos
públicos, becas, favores, o le pintan el frente de la casa… algún don des se establece con el elector para
que se incline, prohíje la candidatura de una persona que va aspirar al
congreso, a la asamblea, al concejo o a cualquier corporación de origen
popular”.
En este sentido, la afirmación de Petro,
aunque resulte contradictoria (o hay gamonalismo hacendatario que tiene preso
al elector y le condiciona el voto o hay un agente libre que vota por el
primero que le ofrece algo, ya sea dinero o algún otro bien) me recordaron mis
preguntas. Y, aunque no hay respuestas claras, las sentencias de Gerlein
confirman que, sin duda, el Caribe colombiano ha sido una región que ha
incubado una cultura política clientelar en donde la corrupción y la compra de
votos no son solo parte del paisaje electoral, sino su esencia misma. Basta
hablar con cienagueros o con soledeños para identificar que sus
representaciones sobre la política se nutren de la desafección, el descontento
y la animadversión sobre lo público. Y esta ausencia de valores sobre lo
público denota una mirada negativa frente al Estado en sus niveles
territoriales y nacionales; por eso no nos duele robarnos o que se roben el
dinero público, al fin y cabo el Estado no funciona.
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