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La Silla “Caribe” o la reproducción de la mirada bogotana


La Silla “Caribe” o la reproducción de la mirada bogotana

Hace un par de semanas La Silla Vacía publicó una historia con un título bastante sugestivo: “Las dadivas de un gobernador que quieren disfrazar de ‘tradición wayuu’”. El artículo, firmado por la periodista Camila del Villar, explica la situación del gobernador de La Guajira, Wilmer González, quien se encuentra actualmente procesado por la justicia y debe responder por los delitos de cohecho, corrupción al sufragante, falsedad en documento y fraude procesal. Su pecado: entregó mercados, chivos, transportes y refrigerios a los indígenas wayuu mientras realizó su campaña a la gobernación.

La defensa del gobernador se basa en que, en La Guajira, existe una tradición llamada okorojushi, que significa en wayuunaiki “obsequio” o “regalo”. Esta tradición, de dar un presente cada que se realiza una visita, recuerdan las descripciones sobre el kulá de Malinowki en Nueva Guinea, o el Ensayo sobre el don de Marcel Mauss: sistemas imbricados de intercambio de objetos entre familias de una tribu o entre diferentes tribus que se otorgan, principalmente, como reconocimiento, hermandad, generosidad y como posibilidad de trueque de elementos de los que se carece. Así, se intercambian comidas, collares, utensilios domésticos, ropa etc. Según la escritora Wayuu, Vicenta Siosi Pino “Los Wayúu esperan ansiosos las cosechas para emprender los viajes llevando su generosidad a parientes y amigos. Cuando una indígena sale a visitar no piensa en la manta que lucirá, su inquietud es ¿qué voy a llevar de regalo? Pues cuando llegas a una aldea el dueño de casa te preguntará: Kassapukoro jüintamüin  ¿qué presente me trajiste?”

En este sentido, González se defiende planteando que lo entregado en la campaña -transporte para que las personas se movieran de una ranchería a la otra a sus reuniones, refrigerio para el calor y hasta los chivos y mercados- fueron regalos que se enmarca en esta tradición. Aunque el título de la nota de La Silla Vacía ya es sentencioso, pues asume que efectivamente hubo entrega de dádivas, y aunque también se sugiera que la defensa del gobernador quiere engañar a la justicia, pues asume que es un disfraz, los hechos documentados y las narrativas que lo acompañan me permiten realizar, al menos, un par de reflexiones sobre el clientelismo en La Guajira y sobre el cubrimiento que la prensa nacional realiza de los fenómenos político-culturales de las regiones del país.

Lo primero que habría que decir es que no es posible comprender la política en La Guajira si se realiza una aproximación bajo las categorías con las que acostumbramos a pensar la política nacional. El hábito de pensamiento de: entrega de transporte y refrigerio es igual a clientelismo es, además de centralista, un acto que invisibiliza racionalidades locales. ¿O cómo sería posible realizar una reunión política sin darles a los indígenas el transporte para que acorten las cinco y seis horas que hay de una ranchería a la otra? Y luego de semejante sol ¿no es entendible un refrigerio? Claro que esta práctica es más política que guajira y es condenable en cualquier zona urbana, pero en esta región adquiere otras dimensiones: se vuelve absolutamente necesaria para relacionarse con los wayuu y, en la práctica, se hace sumamente imprescindible para desarrollar una campaña política en esta península desértica.

En este sentido, no se trata de romantizar las prácticas políticas de los wayuu, sino de llamar la atención frente a los condicionamientos culturales que permean las acciones electorales en esta región. Pero, sobre todo, se trata de entender que la política regional, por más instrumental y utilitaria que sea, tiene para los sujetos que la practican, una construcción de sentido, una racionalidad que choca constantemente ya no solo con el canon bogotano, sino también con el código penal.

La Silla Vacía afirma que esta explicación es una “versión rosa” y sustenta su afirmación con testimonios de figuras reconocidas como Estercilia Simanca Pushaina y Jasmin Romero Epiayu, lideres del pueblo wayuu y quienes afirman, sin mayor aclaración, que se está tergiversando una tradición indígena para justificar prácticas politiqueras que no solo ocurren en La Guajira sino en toda Colombia. Es decir, ellas están rechazando el acto en general, no se está puntualizando la implicación que entraña esta práctica para un indígena wayuu. También citan un estudio elaborado por Wilder Guerra y Gustavo Duncan donde al parecer se menciona que las dádivas entre indios y políticos son históricas (no logré conseguir el estudio, publicado en 2006 no en 2016 como dicen la historia, pero dudo mucho que Guerra y Duncan hayan utilizado la palabra dádiva). La Silla justifica su parcialidad con lo que para ellos son pesos pesados o, como afirman: académicos “reconocidos y respetados”.

Dudo poco que las motivaciones de González fueran otras que la de ganar las elecciones, incluso echando mano de prácticas ancestrales, como efectivamente lo hizo. En tanto político, quiere ganar, y en tanto político en líos con la justicia, utilizará cualquier justificación que le permita salir limpio. Mi punto es otro. Mi punto es que la historia de la Silla Vacía, aunque se diga Caribe, devela patrones analíticos propios de los círculos bogotanos desde donde se piensa la política regional; obliterando racionalidades latentes y manifiestas que solo se logran identificar, entre otras cosas, entendiendo que en lo local las motivaciones, en la superficie, casi siempre se nos muestran corruptas y clientelares; pero que entrañan lógicas de relacionamiento que escapan al pragmáticos que se les endilga. Jamás vamos a comprender la política guajira si seguimos pensando que está llena de políticos avivatos que se creen indios solo para ganar elecciones.

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