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Los retos del caicedismo como proyecto político en las próximas elecciones



Los retos del caicedismo como proyecto político en las próximas elecciones

Carlos Caicedo, sin duda alguna es, al menos en el escenario político samario, un fenómeno de quiebre histórico; una ruptura al sistema político local que le ha sobrevenido a larga tradición de cientos de años de poder aristocrático. En otras palabras: un clivaje subnacional. Desde que fue rector de la Universidad del Magdalena, siendo un treintañero de origen popular pero auspiciado por los poderes que en los noventa dominaban el Magdalena, logró en diez años desarrollar un proceso de transformación social que se expresa, entre otras cosas, en la consolidación de una nueva fuerza política con vocación de poder en la región. Más allá de la pretensión, para muchos absurda, de querer ser presidente, este nuevo actor, conocido en los últimos años como Fuerza Ciudadana, completarán ocho años en la alcaldía de Santa Marta y aspiran este año a completar un tercer periodo, así como también pretenden conquistar, en cabeza del mismo Caicedo, la gobernación del Magdalena.

Sobre el caicedismo como fenómeno sociopolítico se pueden decir muchas cosas: los líos judiciales que han sido parte constitutiva de su destino, su rectoría en Unimagdalena y su relación con las fuerzas paramilitares de la época, sus alianzas con la clase político-económica y con la prensa que tanto critican, sus innegables éxitos en el gobierno distrital, la movilidad social producto del advenimiento de una nueva clase social de profesionales, entre otros temas. No obstante, en esta oportunidad me interesa abordar tan solo dos interrogantes: siendo Caicedo y su movimiento conocedores de las formas en las que se desarrolla la política en la ciudad y el departamento ¿Cómo lidiarán con el desgaste de dos periodos en la alcaldía de Santa Marta y conseguir un tercero? y más difícil aún ¿Qué estrategia implementarán para romper los poderes clientelares que amarran a los votantes en cada uno de los 29 municipios del Magdalena y obtener la gobernación manteniendo su identidad de fuerza alternativa?

Para el primer caso, mantener la alcaldía, el caicedismo tendrá, nuevamente, el poder burocrático que les ha significado el montaje de una compleja red clientelar (La Silla Caribe ha documentado en varias ocasiones esta situación). Le echarán mano a los apoyos nacionales que Caicedo ha logrado en estos años, pero principalmente emplearán estrategias propias de la política transaccional: usarán a los contratistas y a los liderazgos comunitarios que han logrado impulsar por medio de procesos formativos en los barrios de la ciudad, así como también a operadores locales de votos. Tendrán el apoyo de parte de la prensa local, de concejales que cuentan con sus propias redes políticas, de empresarios y de parte de la ciudadanía libre que cree en el discurso del cambio, de la equidad. Así descrito parece fácil mantener la alcaldía, pero no. El caicedismo tendrá que capotear las críticas, fundadas todas, de los graves indicadores que, por ejemplo, en educación y en reducción de la pobreza presenta la ciudad: tendrán que sortear las críticas de una oposición variopinta que les reclama desaciertos y grandes errores propios de la administración de lo público luego de dos periodos consecutivos.

Ahora, conquistar la gobernación es una tarea que tal vez resulte menos problemática, pues al fin y al cabo no hay mucho que perder. Arrebatarle la gobernación a los Cotes es una empresa que implica entrar a cada uno de los municipios del Magdalena y desbaratar estructuras clientelares que han funcionado como engranajes armónicos desde, por lo menos, el Frente Nacional. Implica seducir, con herramientas más poderosas que el discurso del cambio y la equidad, a los votantes que poco saben quien es ese señor que se apellida Caicedo y que al parecer es un buen político. Implica contrarrestar, no solo con palabras, la resistencia que ejercerán cada uno de los congresistas del departamento cuando llegue Fuerza Ciudadana a conseguir votos en esos territorios. En cuanto a estrategia electoral, reitero, para Santa Marta la receta es profundizar las redes políticas de intermediación clientelar y, para el Magdalena, romperlas.  

En cuanto al discurso que se usará en las dos campañas parece ser el mismo: evidenciar lo que se hizo en la Universidad y lo que se ha hecho en la ciudad, ejercicios de comparación entre antes y después, instrumentalización mediática de los ataques jurídicos de sus contradictores y, sobre todo, un total desmarque con la clase política tradicional. Para la campaña a la gobernación el discurso puede, si bien no ser del todo inútil, sí bastante insuficiente para conquistar los votos necesarios; pues la realidad política nacional es que ninguna gobernación en Colombia se gana sin estructura partidista y/o sin redes clientelares. Ni Fajardo en Antioquia, ni Romero en Nariño ni mucho menos Amaya en Boyacá ganaron sin tales condiciones.

Pero ese discurso en Santa Marta ya no funciona como funcionó en las últimas dos campañas. Y no funciona porque la evidencia, periodística y vivencial, muestra que el caicedismo ha incurrido en las mismas prácticas de la clase política tradicional; ¿acaso porque ya son parte de la clase política samaria y no se han dado cuenta? ¿acaso porque, aunque joven, ya son una elite con poder político importante y juegan a lo que toque jugar con tal de defender sus privilegios de clase? ¿acaso porque en lo local las lógicas de intermediación terminan pareciéndose? Como fuere, en las elecciones de octubre el caicedismo se jugará, además de su futuro, la posibilidad de reinventarse y de construir con mucha más determinación un proyecto político realmente incluyente para la región.    


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