El triunfo de Carlos Caicedo en la gobernación del
Magdalena
Los resultados electorales del pasado 27 de octubre cambiaron
radicalmente la política del departamento del Magdalena. El triunfo del caicedismo
(agrupado en el movimiento político llamado Fuerza Ciudadana) rompe con una
tradición de más de doscientos años en las que las elites tradicionales del
departamento ostentaban la gobernación como bastión de poder, como fortín
político y como herencia no solo republicana, sino además colonial. Ni con la
elección popular de gobernadores, que inició en 1991, había sido posible
ganarle la gobernación a esta elite política que, entre oligarca y la aristócrata,
desplegaba sendas estrategias electorales para mantenerla: cualquiera que fuera
el resultado electoral daba igual, el ganador iba a ser, inexorablemente, un
representante de una facción de la elite política tradicional del departamento,
pues entre ellos mismos se disputaban las elecciones.
Pero todo esto acabó. Carlos Caicedo, otrora rector de la
Universidad del Magdalena y alcalde de Santa Marta, ganó las elecciones con el
58% (más de 343.000 votos) y le sacó a su competidor, Luis Miguel Cotes, una
ventaja importante (más de 25%). Novedoso e inesperado, pero nada raro. Lo raro
es lo siguiente: de los 30 municipios del departamento Caicedo ganó en 24 y perdió
en 6; es decir, si bien le sacó un 25% de ventaja en conteo general, en la
sumatoria municipio por municipio Caicedo arrasó. ¿Cómo podemos explicar esta
ruptura en la historia política de una región caracterizada por prácticas
clientelares hacendatarias, tradicionales y de mercado que han impedido la
emergencia de fuerzas políticas alternativas y la consolidación de valores
democráticos? O en palabras menos rebuscadas: si en el Magdalena la gente es susceptible
a vender el voto y apoyar al político que les promete un empleo -prácticas
todas aprovechadas por la élite tradicional- ¿Por qué ganó Caicedo?
Responder a este interrogante implicaría un ejercicio de
investigación que no es mi intención en este momento. Pero podríamos plantear
una hipótesis:
En primer lugar, el triunfo en Santa Marta se explica con mucha
mayor facilidad. Cumplirán ocho años en el poder distrital en el que han implementado
una serie de estrategias que combinan articulación con medios de comunicación
locales y nacionales, alianzas con sectores políticos y de la sociedad civil en
Bogotá, realización de algunas obras puntuales pero de gran relevancia visual, procesos
comunitarios fuertes y, como consecuencia, consolidación de una narrativa de cambio,
de equidad y de renovación que, en esencia, es antagónica a la forma en la que “los de antes” gobernaban la ciudad (y, antes, la universidad). En el resto del
departamento, el caicedismo recoge, por un lado, la memoria de los egresados que
vivieron hace más de una década la refundación y que hoy participan como
líderes sociales y políticos, y por el otro, los más de doscientos mil votos
todavía frescos de Gustavo Petro en la contienda presidencial de 2018.
Empero, tales elementos son insuficientes. La explicación
más difundida, utilizada tanto por el mismo Caicedismo como por la prensa,
pasando por algunos analistas locales, es que primó la insatisfacción por las
últimas administraciones y el descontento por los partidos y los políticos
tradicionales. En este contexto, la propuesta de renovación política ofrecida por
Caicedo no solo erosiona esa desafección, sino además siembre la esperanza de
un cambio sustancial en la realidad magdalenense. Si se pudo en la universidad y
en la ciudad ¿por qué no en el departamento? Por más que quiera criticar esta explicación,
me resulta, además de lógica, potente. Un político sin maquinarias
significativas, sin estructura de partido, sin apoyo de los terratenientes y
comerciantes, con redes clientelares solo en Santa Marta, y que se enfrenta a un
poderoso clan político y les gana holgadamente solo se explica con variables
ubicadas en el orden de la emotividad y de lo simbólico.
Podría cerrar este escrito acá y decir que sí, que Caicedo
ganó porque la gente se mamó y vió en este hombre la esperanza de un mejor futuro.
Punto. Pero no. Creo, dándole alcance a esta hipótesis, que hay dos elementos claves
en esta ecuación: en primer lugar, se debe tener en cuenta lo que significa
para el ciudadano común y corriente la institucionalidad de la gobernación y la
investidura de gobernador. Para el elector de un pueblo como Algarrobo o Salamina
la gobernación es un ente lejano, inalcanzable, casi que abstracto, que no
tiene ningún tipo de materialización en su pueblo, que no resuelve ningún problema,
que casi nunca tiene plata: eso opera allá en Santa Marta, a cuatro o cinco
horas de acá. Esta particular percepción determina las motivaciones y
preferencias de los votantes en las urnas. Es, más o menos, el mismo mecanismo
que opera en las elecciones presidenciales: se rompen las redes clientelares y
emana la preferencia motivacional; la ola, la moda, lo bien visto, lo correcto.
En segundo lugar y como complemento del primer punto, estamos
siendo testigos de una verdadera transformación de las prácticas electorales en
Colombia. Como lo mencioné en una anterior entrada, hay un desgaste simbólico de las
maquinarias que impiden su funcionamiento como engranajes entre Estado y
sociedad y cada vez más incursionan una serie de lógicas que se materializan en
el utilitarismo propio del beneficio electoral, pero que tienen como correlato
la activación de la esperanza y la emotividad con niveles de gobierno lejanos. Es
decir, voto por el candidato del Centro Democrático a la alcaldía, pero le voto
a Caicedo a la gobernación (casos de Aracataca y Zona Bananera).
Este cambio
cualitativo explica con mayor precisión el triunfo de Caicedo (y también el de
Petro en algunos municipios). En una próxima entrada intentaré exponer con
mayor amplitud la paradoja de por qué, siendo Caicedo ostentador de una fuerza
política enorme en el departamento, no ganó ni uno solo de sus candidatos a las
alcaldías municipales y en cambio arrasaron los políticos tradicionales.
Muy bueno ese articulo
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