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El triunfo de Carlos Caicedo en la gobernación del Magdalena II


Ahora que ya iniciaron los nuevos gobiernos subnacionales, conviene insistir en la reflexión sobre la novedad política más sobresaliente en Colombia: el triunfo de Carlos Caicedo en la gobernación del Magdalena. Su triunfo evidencia la ruptura de estructuras políticas que tienen un carácter no solo decimonónico, sino que además hunden sus raíces en prácticas eminentemente coloniales que permitieron a un puñado de familias, descendientes y herederas de los pergaminos de corona española, ostentar el poder local durante siglos.

En una primera entrada decía que la explicación más contundente era que la gente se cansó y que vió en Caicedo una esperanza y la posibilidad concreta de cambio. Que los amarres clientelares de esa vieja clase política se desgastaron, que no supieron adaptarse a los cambios que el sistema político ha venido padeciendo, que el caicedismo recogió el buen ejemplo de su administración en Santa Marta y que los egresados de la Universidad del Magdalena oriundos de los municipios sumaron algunos votos. Todo esto, en su conjunto, configura una explicación aceptable de la que son usuarios los observadores locales y el mismo caicedismo. Sin embargo, esta explicación me resulta insuficiente y por esto insisto en imaginar otras variables que permitan, además de relativizar las que se consideran obvias, complejizar este fenómeno sociopolítico.

Creo que la explicación de por qué ganó Caicedo está menos en las bondades del caicedismo que en las trasformaciones de la racionalidad política de los magdalenenses. Mi hipótesis de por qué gano Caicedo es esta:

En primer lugar, en las elecciones presidenciales de 2018 Petro sacó en el departamento más de doscientos mil votos, ganando en Santa Marta y, sorpresivamente, arrasando en Pinto, Algarrobo, El Reten, Pivijay, Zona Bananera y Ciénaga. Algunas acciones de campaña en conjunto y la relación política entre ambos en las elecciones presidenciales sin duda alguna determinaron la inclinación del electorado por el candidato Caicedo. En segundo lugar, influyó de manera decisiva la representación que tienen los electores respecto de lo que significa el poder departamental y la investidura de gobernador. Para el elector de un pueblo como El Piñón o Cerro de San Antonio la gobernación es un ente lejano, inalcanzable, casi que abstracto, que no tiene ningún tipo de materialización en su pueblo, que no resuelve ningún problema, que casi nunca tiene plata: eso opera allá en Santa Marta, a seis o siete horas de acá. Esta particular percepción determina las motivaciones y preferencias de los votantes en las urnas.

En tercer lugar, y este es el núcleo de mi tesis, el triunfo de Caicedo no se explica, de ninguna manera, como el rompimiento de las prácticas clientelares de la vieja clase política en los municipios y la emergencia, en consecuencia, de un verdadero movimiento de masas, democrático e incluyente. Esta explicación, la más difundida por su conveniencia y candidez, se cae fácilmente al revisar quiénes ganaron las alcaldías en los 29 municipios del departamento: todos los nuevos alcaldes tienen como origen los partidos y grupos políticos tradicionales, algunos de ellos antagónicos al caicedismo; es decir, ganaron todos los alcaldes que los Cotes apoyaban.

¿Cómo se explica que, por ejemplo, en Zona Bananera gane la alcaldía el uribismo pero también Caicedo arrase con más del 63% de los votos? Esta aparente contradicción (votarle al alcalde corrupto pero a su vez votarle al gobernador que propone luchar contra la corrupción), tiene sentido si se consideran las progresivas trasformaciones del clientelismo en el país: hay un desgaste simbólico de las maquinarias que impiden su funcionamiento como engranajes entre Estado y sociedad y cada vez más incursionan una serie de lógicas que se materializan en el utilitarismo propio del beneficio electoral, pero que tienen como correlato la activación de la esperanza y la emotividad con niveles de gobierno lejanos. En otras palabras, al gobernador Caicedo, ese tipo por allá lejos, le voto porque en él deposito mi esperanza de cambio, pero, así mismo, le voto al politiquero a la alcaldía con la esperanza no de cambio social, sino de un puesto de trabajo en el hospital del pueblo.

En cuarto y último lugar, hay racionalidades locales que escapan, por su simpleza y pragmatismo, a los análisis grandilocuentes de los expertos. A la hora de tomar la decisión de votar o no por un candidato, pesan razones tan sencillas como esta que me expresaron en Aracataca: “yo voté por Caicedo porque pensé que el Mello ya era ganador y entonces dije Caicedo no va a ganar pero yo igual le quiero dar el voto”, y a continuación remató “además, ya el Mello había sido gobernador entonces la gente también dijo vamos a darle la oportunidad a este man nuevo a ver, porque ya el otro tuvo ese cargo”.  

El triunfo del caicedismo en la gobernación, entonces, fue el proceso resultante de un trabajo disciplinado de organización de una facción ciudadana que logró irrumpir e implosionar la clase política samaria; ya son parte de ella. Esta conquista rueda sobre engranajes clientelares que se vienen reacomodando, sobre imaginarios políticos locales respecto del Estado y de sus gobernantes y sobre expectativas ambivalentes de los electores.


  


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