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¿Es la antropología en Unimagdalena una apuesta regional por el Caribe?

I                                                                                                            Álvaro Acosta Maldonado

@alvarodacostam

 

David Pombo Rangel

@dpombor

El interés por dar a conocer nuestras opiniones sobre el Programa de Antropología de la Universidad del Magdalena nos ha llevado a mantener conversaciones con distintas personas que hacen o hicieron parte de los estamentos universitarios del Programa. Esto nos ha permitido volver a ideas, propuestas, debates y discusiones que en algún momento sostuvimos durante nuestro paso por esta unidad académica. A quienes han leído con sentido crítico cada una de las opiniones, infografías y propuestas les agradecemos por el interés y por no perder la capacidad dialógica de conversar acerca de este tema que nos es común.

De eso se trata este ejercicio y sobre esta base seguiremos construyendo nuestra opinión, entendiendo que la antropología connota un ámbito de lo académico, pero también de lo público; es decir, que no solo nos interesa lo que suceda en el mundo académico de la antropología en la Unimagdalena, sino cómo se concibe y cómo se expone ante la ciudadanía (opinión pública) un programa que primeramente surgió como una apuesta político-académica, una causa común (que defendimos en las aulas y seguimos defendiendo en nuestros lugares de trabajo) con la que nos identificamos: la antropología hecha en el Caribe, desde el Caribe y para el Caribe.

Continuando con nuestra discusión, nos ha llamado la atención una serie de aspectos consignados en el Proyecto Educativo de Programa (PEP) de Antropología, un documento elaborado hace dos años por un grupo de trabajo conformado por docentes, egresados, estudiantes y cuerpo directivo, el cual contiene los puntos estratégicos donde se concibe el programa, se visiona y se expone el programa en lo curricular, investigativo y en la proyección social. Definido arriba nuestro interés por el debate público (de la sociedad civil o un grupo de interés determinado) nos preocupan tres conceptos utilizados en dos pasajes del PEP (2018) que nos gustaría ahondar en esta opinión. Particularmente, en el capítulo 3 que versa sobre la articulación de los fundamentos del área de conocimiento y del programa académico al currículo. Se afirma:

El programa, a partir de la experiencia de otras instituciones, nutre la reflexión y el conocimiento de nuestra realidad, transita por los diferentes contextos de la región Caribe buscando consolidar, en el espacio regional, una discusión que se aleje de los apasionamientos que han desencadenado la oposición entre lo caribe y lo andino. En términos generales, hay un aporte a la construcción del conocimiento antropológico de la región, lo que permite la configuración de una antropología que se indaga así misma como etnográfica, teórica y metodológica, sin caer en regionalismos [...].  (Énfasis agregado. Pág. 18).  

El párrafo, en su conjunto, es una demostración variopinta de la retórica grandilocuente, típica de documentos institucionales que, aunque digan mucho, realmente dicen poco. Pero, no por esto es un discurso inofensivo. Plantea, en primer lugar, que el Programa pretende desarrollar una discusión que se aleje de apasionamientos, lo que indica que hay una cercanía a las pasiones por parte de la tradición de pensamiento regional. Se colige entonces que el apasionamiento es un obstáculo para la producción de saberes y que, en consecuencia, debemos alejarnos de tales formas de aproximarnos a la realidad. Eso del sentipensar, por ejemplo, sería, desde esta perspectiva, un exabrupto: hay, en la propuesta del desapasionamiento, una apuesta cartesiana que no reconoce ni la realidad del Caribe ni las posturas críticas a este modelo ya obsoleto de producir epistemes. Desconocer el papel de las emociones en la producción de saberes es no sólo inocente sino, además, sumamente dañino en la discusión sobre las realidades de nuestra región. 

Pero el párrafo no queda ahí. Afirma el PEP que el Programa se debe alejar de los apasionamientos que ha desencadenado la oposición entre lo caribe y lo andino y acá queremos suscitar este debate y plantear nuestra posición, claramente inacabada. Partimos de que las identidades tienen un carácter relacional y que se activan y recrean en contextos sociales que las movilizan, que no son unidades autocontenidas sino más bien referentes para la representación y autorepresentación en escenarios de disputa. Reconocemos también que tales identidades son, ante todo, el producto de una serie de particularidades históricas que han sido condición de posibilidad para la producción de discursos y prácticas que la sustentan. En consecuencia, obviar la tensión identitaria entre lo caribe y lo andino no solo desconoce la trayectoria que, desde el siglo XVII y hasta la actualidad, ha marcado la vida nacional en la construcción del Estado nación colombiano, sino además pretende tapar con ramplona simplicidad el valor que tiene tal tirantez en la discusión académica de la antropología nacional. 

La tensión Caribe Vs. Andes no es, de ninguna manera, una talanquera; es por el contrario, una oportunidad para desarrollar seriamente las discusiones que el Programa debe auspiciar, pues fue creado, precisamente, con ese fin. Pero, encontrar que esta realidad es asumida como un debate apasionado del que debemos alejarnos reafirma el punto que hemos expuesto en los otros escritos de que el Programa (repetimos, como apuesta académico-política) luego de 20 años no ha respondido ni a los debates que inspiraron su creación ni a las nuevas exigencias del mundo contemporáneo. Se está, por el contrario, desconociendo el potencial de las emociones y además ignorando realidades históricas y culturales, como lo son las tensiones entre las identidades regionales en Colombia, pretendiendo erigir un proyecto académico aseptico que le hace gala a la corrección y que minimiza su potencia. 

Y el párrafo acaba con esta otra evidencia de pusilanimidad: termina afirmando que la antropología que se plantea en Unimagdalena no cae en regionalismos, ratificando que se deben superar las tensiones entre lo caribe y lo andino pero además pareciera indicar que el regionalismo, per sé, es dañino para la construcción de conocimiento. Por esto, acá nos preguntamos ¿es malo el regionalismo?¿Hablar desde una región, posicionarla y ubicarla en el espectro de las identidades en un mundo global es una condición negativa de la que debemos alejarnos tal cual lo afirma el PEP? Alrededor del termino “regionalismo” se han tejido una red de sentidos principalmente despectivos que han cargado la palabra de un carácter negativo y es nuestra labor como antropólogos develar esas configuraciones y no hacer uso, tan ligeramente de ellas, como lo hacen en el Programa. En tanto antropólogos es deber poner en cuestión tales hábitos de pensamiento que han atravesado la forma en la que abordamos las identidades regionales y llamar “regionalismo” a demandas colectivas adscritas a territorios es, cuanto menos, una ligereza bastante cuestionable. 

La discusión sobre el Caribe en el Programa de Antropología ha quedado, conforme a este párrafo del PEP, sólo a un posicionamiento espacial desde donde se hace antropología. Es un programa ubicado en Santa Marta que aprovecha la proximidad geográfica y de esa forma desarrollar ejercicios académicos acerca de la región que intenta, tal cual indica la Visión del programa “contribuir en el análisis, comprensión, participación y/o solución de las problemáticas del Caribe en su contexto nacional y global”. Es un programa en el Caribe descaribeñizado que pretende para 2025, es decir, en cinco años, posicionarse como espacio de construcción de conocimiento y de formación investigativa e integral. ¿Se logrará?


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