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Macondianizar el Estado: o la necesidad de contar mejores historias sobre el poder político en el Caribe

 

-          ¿Tú eres el que está haciendo la caracterización de las víctimas?

-          Si

-          ¿Y cuánto le cobraste al alcalde?

-          Jajaja, lo que normalmente valen estos trabajos

-          El problema del municipio es que hay mucha zona rural, la gente vive lejos y no creo que alcancen a llegar a la cabecera para que los censen. Esa vaina me preocupa. Tú tienes que darle a la gente los pasajes y el transporte para que la gente te llegue.

-          Lo ideal es darle varios días a la gente para que todos queden incluidos.

-          Pero tu debes de darle la plata a la gente pa’ que se movilice, o que la dé la alcaldía.

-          Es jodido darle plata a la gente, nosotros estamos haciendo lo posible pa’ que todos se incluyan.

-          O dile al alcalde que se baje de su porcentaje y que esa plata la inviertan mejor, porque seguro se quedó con más del diez. Tu sabes que la ley dice que el alcalde se queda con el diez porciento de todos los contratos que firma, eso está en la constitución. Bueno, va tocá que el alcalde se baje de ahí, porque así la plata no alcanza.

-          ¿La constitución dice eso?

-          Aroooo

-          No sabía

-          Yo lo sé porque yo soy concejal. Erda, cule canción [suena Diomedes Diaz].

El caribe colombiano es pintoresco y rocambolesco. García Márquez, con su gran talento para contar historias, no tuvo que realizar grandes esfuerzos para imaginar el mundo que describió: debió echarle mano la variopinta gama de vivencias de su niñez y juventud, tener las orejas paradas para escuchar las historias que los mayores le contaban y poner función su extraordinaria sensibilidad para interpretar el mundo de los otros: el caribe le dio los insumos, él fue solo un artesano magistral. Sobre el amor, el odio, la tristeza, la soledad, la desesperanza, pero también sobre la fiesta, la algarabía, el jolgorio, la tristeza, el placer, el poder. Sobre estas y otras experiencias humanas hay en el Caribe suficiente material no solo para fabular, sino también para acercarnos e intentar mostrar ya no por medio de la literatura, sino por otros lenguajes su inescrutable complejidad.

Algunos, los caribañologos más aguerridos, esos que reaccionan ante cualquier asomo de expresión estética espetando que estamos trivializando la región, dirán que mancondianizar al caribe es la expresión de la más alta de falta de rigurosidad que puede alguien, que se diga académico, manifestar. Y algo de razón tienen, pues narrativas como “esto es Macondo”, “así es Macondo”, “Jajaja que macondiano eso” han servido para banalizar la complejidad regional y, en consecuencia, para cerrar sin mayor discusión temas que merecen seriedad. Sin embargo, Macondo es tan solo una oportunidad, una puerta de entrada, es una estimulación de la capacidad de asombro. Macondianizar al Caribe es el primer paso para emproblemarlo. Es la punta de lanza para, siguiendo a Grossberg (2010), contar mejores historias.

Y no se trata de contar mejores historias que las contadas por García Márquez o de los algunos otros escritores con menos reconocimiento. Se trata de desarrollar una aproximación que devele las racionalidades y las lógicas que determinan prácticas, relaciones y representaciones regionales sobre campos diversos de la realidad local. O sea, contar mejores historias no es en absoluto hacerles competencia a los literatos; se trata por el contrario de imaginar proyectos académicos que, desde el campo de los estudios culturales, coadyuven a entender las variables cada vez más multideterminadas de una realidad en apariencia pintoresca, pero plagada de complicados vericuetos culturales de no fácil aprehensión. La conversación que reconstruyo al inicio de esta entrada es eso precisamente: pintoresca y complicada. Se enmarca en lo que podríamos denominar las dimensiones locales y culturales del poder y del Estado.

La conversación transcurre en un viaje de un pueblito a otro en el departamento de Magdalena. Los protagonistas son, como se nota, un concejal, que además es conductor de transporte privado, y yo, su cliente. ¿Cómo se puede explicar que un servidor público crea que la constitución dice que un alcalde puede robar? ¿Cómo se comprende que alguien que debe aprobar el presupuesto y hacerle control político a la administración municipal considere legal la apropiación de porcentajes de recursos públicos? Si la respuesta es “es que así es Macondo” no estaría contribuyendo a nada. Una respuesta preliminar es que la constitución y las leyes en esta región, como manifestaciones de un contrato social, no pegaron, no cuajaron: las leyes y los procedimientos de contratación pública no han logrado consolidarse, están atravesados por lógicas de mercado, por pragmatismos e imaginarios que no se corresponden con el diseño institucional del centro del país. Centralismo, corrupción, clientelismo, son las más comunes de una serie de palabrejas que intentan señalar tal fenómeno.  

Sin embargo, esta respuesta es profundamente insuficiente, sesgada y, aunque formulada con otros términos, también macondiana. Entonces, pregunta de método: ¿Cómo comprender estas racionalidades sobre el poder y la política en lo local? ¿Cómo aprehender tal construcción de significado? La respuesta, tentativa como siempre, es la etnografía. La etnografía puede definirse como un método de investigación “[…] por el que se aprende el modo de vida de una unidad social concreta, pudiendo ser esta una familia, una clase, un claustro de profesores o una escuela” (Murillo y Martínez-Garrido, 2010: 2) y se desarrollar por medio del estudio directo de personas y grupos durante un periodo de tiempo particular, implementando la observación, las entrevistas, entre otras técnicas.

En concreto, la etnografía implica una descripción y análisis de lo que la gente hace, de lo que la gente piensa y, muchas veces, de lo que la gente dice que hace (Restrepo, 2016). Es decir, estoy convencido de que una aproximación etnográfica respecto del poder político local, y del Estado en particular, permite comprender de manera más precisa algunas de las racionalidades y de los significados que las gentes le dan a la experiencia de lo público. La etnografía no es pues la respuesta prístina y univoca a preguntas trascendentales de la humanidad. Es, a lo sumo, un método de investigación social que pone la lente en lo concreto, en lo contextual, en lo inductivo por medio del cual se pueden no solo contar mejores historias, sino también realizar conceptualizaciones encuadradas en determinantes culturales y de poder específicos. La etnografía, con toda su batería de técnicas y herramientas, puede acércanos a una respuesta más o menos completa de por qué el concejal cree que las leyes permiten que un alcalde se descuente para su bolsillo dinero público y de por qué tal conducta es normal y legitima. Sistemas de valores, marcos interpretativos de la realidad, actitudes, prácticas discursivas y representaciones serían algunas de los conceptos que se pondrían a jugar en un escenario como el descrito y desde el cual la etnografía está revestida de un potencial enorme.

Etnografiar al Estado, y por tanto a los comportamientos que giran en torno a este, no es tarea fácil. Abrams (2006) hace varias décadas nos advirtió sobre la propensión de reificar al Estado; de creer que es un conjunto de artefactos inanimados y asépticos de la realidad social. El Estado para Abrams es un hecho social “[…] no es la realidad que se esconde tras la máscara de la práctica política. Es en sí mismo la máscara que evita que veamos la práctica política tal y como esta es” (2006: 125). La pregunta que nos hacemos, siguiendo a Rivas (2011) es: ¿cómo dar cuenta desde la etnografía de esa máscara sin caer en la fetichización del Estado?

Las rutas posibles son tanto fascinantes como escabrosas. Sin garantías como diría Stuart Hall.  Sin embargo, algunos autores ya han avanzado en este campo y han dado luces sobre cómo proceder al respecto (Michell, 1999). Tres son las rutas que podemos tomar: en primer lugar, es posible realizar etnografías sobre los efectos del Estado, entendiéndolo como proceso estructural de la sociedad, como resultado de la aparente división con la sociedad. Es decir, se sugiere una aproximación que tiene en cuenta las prácticas burocráticas (trámites, diligencias, sellos, procedimientos, procesos, solicitudes, etc.) por medio de las cuales el Estado habla y se hace visible. En otras palabras, podemos etnografiar al Estado teniendo en cuenta sus “procesos mundanos”; prácticas y relaciones que se repiten y se manifiestan en el control y en la mediación de la vida cotidiana de las personas que lo habitan.

En segundo lugar, es posible hacer etnografía del Estado revisando las formas de ver del propio Estado. O sea, más allá de describir su materialización burocrática, conviene revisar las formas en las que los agentes que componen al Estado observan la realidad que gobiernan. Los planes, programas y proyectos. Los diagnósticos de un documento, las motivaciones de un decreto o una resolución. Los censos, los planos, los mapas, las bases de datos. Estas formas tecnocráticas y procedimentales engendran miradas que están cargadas de significaciones y de formas de comprender el territorio, los individuos y los colectivos que los habitan y determinan las condiciones de posibilidad de reproducción de tales representaciones. Se constituyen en lo que Bourdieu ha llamado un campo en el que se estructuran hábitos de pensamiento que sustentan la reproducción social y, para este caso, reproducen las maneras de ver del Estado.

En tercer y último lugar, encontramos una ruta para el etnografiar al Estado que tiene que ver con la conversación que abre este escrito. Se trata de las narrativas sobre el Estado. En este derrotero se ubican gran parte de los trabajos de la antropología que se ha preguntado por este tema. Este énfasis radica en la comprensión discursiva de los actores que participan en la configuración de un escenario político local: líderes sociales, ciudadanos de a pie, el alcalde, la policía o el comandante del ejercito que tiene a cargo la zona que, en sus narrativas sobre su papel, expresan imaginarios y representaciones sobre el Estado y sobre las prácticas de poder que lo constituyen. Encaja por ejemplo la narrativa del concejal sobre los contratos de la administración municipal, encaja el asombro del contratista que no puede creer que efectivamente esa sea la narrativa sobre los contratos. Se trata entonces de relatos y meta-relatos, de prácticas y actitudes respecto del poder público producidos en las mentes de las personas y que caracterizan la compleja red de configuraciones culturales que atraviesan el Estado.

La combinación de estas tres rutas para etnografiar al Estado y al poder político en contextos locales resulta absolutamente provechosa para contar mejores historias. La puerta de entrada a esta realidad tiene que ser necesariamente ese asombro que señala lo extraño, lo raro, lo exótico: lo macondiano. Macondo no solo es la creación ficticia de García Márquez, es la condición de posibilidad de detener la mirada, de fijar la atención en la singularidad del Caribe. El riesgo está en quedarse folcloriazando, pero para eso está, precisamente, la etnografía: para develar los determinantes de cultura y poder de una relación social particular. Por último, la etnografía también posibilita la teorización como ejercicio fundamental para la transformación de la realidad, profundiza el contextualismo radical y brinda insumos empíricos para producir más y mejores conceptos. La etnografía del Estado y del poder político, al fin y al cabo, es una contribución clave para el proyecto de los estudios culturales tal y como los concibió Stuart Hall.       

 

Referencias citadas

Abrams, P. (2006). Notes on the difficulty of stydyng the State. En: Sharma, A y A. Gupta (Eds.). The antropology of the State. A reader. Oxford: Blackwell Publishing. pp. 112-130.

Grossberg, L. (2010) “Pecados de los estudios culturales”, Estudios culturales. Teoría, política y práctica. Valencia: Letra capital. 2010. 55-74. 

Mitchell, T. (1999). Society, economy and the state effect. En: Steinmetz, G. (Ed.). State/Culture: state formation alter the cultural turn. Nuava York, Londres: Cornell University Press. pp. 76-97.

Murillo, F.J. y Martínez-Garrido, C. (2010). Investigación etnográfica. Investigación etnográfica, 1-15.

Restrepo, E. 2016. Etnografía: alcances, técnicas y éticas. Bogotá: Envión Editores.

Rivas, A. (2011) “El problema es la falta del estado. La dificultad de la etnografiar el estado”. En: Margarita Chavez (Ed.) La Multiculturalidad Estatalizada. Bogotá: ICANH. pp. 23-32.

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