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¿El vallenato es machista?

 Hace unos meses asistí a una conferencia sobre vallenato e identidad regional. El espacio fue promovido por la Universidad Javeriana y otra universidad de Argentina. La conferencista, una reconocida académica en el campo de los estudios culturales en Colombia afirmaba, palabras más palabras menos, que el vallenato era altamente machista, guerrerista y que promovía el feminicidio. Poco tiempo después muere Jorge Oñate y la crítica, proveniente casi siempre -pero no exclusivamente- de regiones del país ajenas al Caribe, se direccionó hacia sus pecados políticos y sus amistades poco santas. Al finado le tocó lidiar no solo con los chulos de la moral que siempre esperan a que un personaje público muera para escarbar su vida y exponer sus pecados, sino también con la arrogancia ignorante expresada, por ejemplo, en la confusión permanente con Poncho Zuleta, que sí gritó “que viva la tierra paramilitar” y que si es un declarado uribista.

Una buena parte del sentido común colombiano, principalmente los sectores que se dicen progresistas y de clases medias y altas, representa al vallenato como una música de paracos y machistas y, por otro lado, hay también un sector de académicos que dicen lo mismo, pero con mucha más rimbombancia y ampulosidad.

Este discurso, aunque se venda como una verdad de perogrullo, adolece de sustento. Decir que el vallenato es machista tiene poco de evidencia empírica, no es un hecho factico; en tanto prejuicio, esta representación es una verdad extrapolada, amañada, tergiversada. El mismo mecanismo que cuando se dice que los políticos costeños son corruptos porque ajá: desconoce los matices. Como todo discurso, este, el de que el vallenato es machista, tienen una economía política de la cultura que los fabrica, los distribuye y, finalmente, los consume. Tocaría hacer una disertación doctoral para explicitarlo, mi intención acá es solo iluminar tal complejidad.

He lidiado por ya varios años con este y otros discursos estigmatizantes e injustos sobre el Caribe. Sin embargo, en la conferencia mencionada ratifiqué que la academia es un lugar poderoso de entronización de discursos y, como consecuencia, de construcción de realidades. La conferencista decía que el vallenato era guerrerista porque Silvestre Dangond se vistió de soldado en la caratula de uno de sus álbumes y lo tituló La novena batalla. Que el atuendo y la palabra ‘batalla’ sustentaban su hipótesis. Dijo que el vallenato era machista y hasta incitaba al feminicidio. Para esto utilizó la canción La difunta, compuesta por Romualdo Brito y sacó estas frases:

Para mi está muerta y enterrada no la quiero ya

Ella para mí ya es difunta lo que hizo conmigo no tiene perdón

Y aunque viva más de mil años, murió para siempre aquí en mi corazón

Ella quiso matarme el corazón de pena

Pero en mi corazón la que murió fue ella

Tanto el análisis visual de la caratula del disco como el inferencial realizado sobre la letra de la canción son insuficientes para sustentar su hipótesis. La argumentación, basada en un solo caso pera generalizar es, además de irresponsable, pretensiosa y absurda. Utilizar la palabra batalla, o guerra, o conflicto no es indicador de mentalidad belicista, pues gran parte de la poesía occidental se sustenta en metáforas parecidas. Y sobre la canción, solo diré que el posesivo “mí” se utiliza con frecuencia para exponer que en “mí” corazón o para “mi” murió; por tanto, es terriblemente estrafalario lo del feminicidio.

¿Qué hace que una académica exponga tanta ramplonería frente a un público que no la cuestiona y que, por el contrario, reafirma el prejuicio de que efectivamente el vallenato es guerrerista y machista? Este performance discursivo siempre lo acompañan frases condescendientes, como “en todo caso todo el mundo ha bailado y cantado algunas canciones vallenatas” como una suerte de excusa o de matización de la inatajable reacción de clase. Muchos académicos investigan para reafirmar sus creencias, encontrar algún dato que sustente su hipótesis y en adelante generalizar, esquivan otros datos y van pa’lante sin detenerse a cuestionar lo encontrado. Cuando se trata de política costeña y de vallenato estos hábitos de pensamiento pululan atornillados y arrogantes.

Creo que el vallenato es tan machista como cualquier género aceptado como puede ser, por ejemplo, la salsa. Hace poco fui a un lugar público y escuché durante dos horas vallenato. Sonaron más de treinta canciones y logré identificar dos canciones con letras machistas. Un de ellas, La falla fue tuya, canción cantada por Diomedes Diaz y que su compositor, Omar Geles, pidió perdón en un acto público, pues reconoció que era una pésima canción. De resto, canciones hermosas, melodramáticas, algunas muy tontas, otras muy divertidas. No encontré lo particularmente machista del vallenato. He hecho el ejercicio muchas veces y el resultado es el mismo: hay machismos, pero no hay, de ninguna manera, más machismos que en cualquier otro género.

Mi procedimiento analítico, el de escuchar por dos horas música, no es menos riguroso que el de la profesora. De hecho, en términos metodológicos es una muestra mucho más variada y representativa que la de utilizar la producción de un músico tan polémico y tan poco representativo como Dangond para sustentar tan tremendas conclusiones.

Tal vez decir que el vallenato es machista y paraco les haga ver inteligentes y sea una pose bastante aceptada en ciertos círculos. Tal vez decirlo goza de aceptación, pues es la manifestación de la corrección y de la cultural de la cancelación, que juzga en bloque. Tal vez la reproducción de este discurso está en que hace parte de un repertorio clasista de gente que se dice no clasista. Debe ser, porque lo que sí es claro es que un puñado ínfimo de canciones no pueden ser la muestra para tal generalización. Cantarle a la parranda, a la belleza, al amor, a lo que sea, siempre traerá riesgos y el vallenato permanece siempre en los bordes de lo incorrecto, y cada tanto sucumbe al pantano de los ismos. Pero tal condición no es exclusivamente del vallenato.

Y sobre si el vallenato es paraco, estoy abierto a la conversación cuando dejemos de confundir a Oñate con Poncho, antes imposible.

 

 

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