Uno de los sucesos más importantes de la campaña
presidencial del 2022, que ya inició en firme, es la candidatura de Francia Márquez.
Su aspiración irrumpe con fuerza en redes sociales y estoy seguro de que tiene
el respaldo de muchas comunidades históricamente excluidas que encuentran en
ella una propuesta fresca, revolucionaria y lejos del mundillo horrible de la
disputa por el poder que protagonizan las elites de izquierda en Colombia. Márquez
es antiracista, ambientalista, antipatriarcal, anticlasista, antisistema: crítica
dura del modelo de desarrollo dominante. Su voz es contundente; habla desde la
experiencia, la suya propia, que es la experiencia de muchos de nosotros que
tenemos la esperanza intacta de ver una Colombia en paz y con mayores
oportunidades para los pobres, que somos la mayoría.
Desde que anunció su aspiración ha dado muchas entrevistas,
en la que ha intentado explicitar las razones por las cuales pretende ser presidenta
de Colombia. Todas las entrevistas, sin excepción, se central en su vida personal,
pues los periodistas quieren saber quién es ella, porque, de fondo, lo que
llama la atención, no sin justificación, es cómo es posible que una mujer,
negra, joven, ambientalista, feminista, de izquierda, sin maquinarias y
provinciana ambicione tan importante dignidad. La respuesta ha sido
contundente: Francia cuenta su vida de manera descarnada, exponiendo sus dramas
personales, muy parecidos a los de la mayoría de los colombianos, y acompaña su
historia de vida con denuncias sobre la minería, el extractivismo, el racismo,
la falta de oportunidades, el abandono estatal, el conflicto armado, etc. (Ver,
por ejemplo: A fondo con Maria Jimena Duzán y la Revista Bocas de El Tiempo).
La voz y el acento de Márquez significan una irrupción en la
vida política nacional. Nunca una propuesta de estas características se había siquiera
asomado en el escenario electoral colombiano; nunca antes una propuesta de estas
características, tan necesarias en estos tiempos, había manifestado vocación de
poder. Márquez increpa a los movimientos sociales críticos, que ven con sospecha
la democracia republicana, y les envía el mensaje de que el Estado sí es un
lugar privilegiado de intervención y que es mejor tener el poder que no
tenerlo. Sin embargo, si Márquez quiere no solo darle la pelea a Petro sino
también consolidarse como una verdadera opción presidencial debe transitar rápidamente
a diagnosticar con mayor profundidad los problemas del país y a generar
propuestas viables, claras y estructurales. Me explico.
En la entrevista con María Jimena Duzán Márquez no logró
explicar una propuesta concreta y, en la entrevista reciente con la revista
Bocas, tampoco. Al ser interrogada sobre su propuesta económica habló de agroecología,
de economías feministas, de economías circulares y de economías comunitarias
sin explicar bien en qué consisten y si tales economías son las necesarias para
el país, o para qué zonas o bajo qué circunstancias. Cuando le pregunta por la
ilegalidad y el narcotráfico responde con la ética del cuidado,
propuesta feminista que tampoco logra clarificar; cuando le preguntan por su
propuesta educativa le echa mano al escándalo del MinTics denunciando que tal
situación es terrible y, al final, no queda claro qué pretende como presidenta
en los temas educativos. Cuando le pregunta por cuál sería su primer acto de
gobierno Márquez responde que “parar la guerra” y cuando le pregunta por
Alejandro Gaviria responde que es un “hombre blanco”.
Al revisar estas respuestas queda claro que Márquez está en
función de la denuncia. Su discurso denuncia; denuncia el patriarcado, denuncia
la violencia, denuncia el racismo, denuncia el modelo de desarrollo, denuncia
la corrupción. Y tal denuncia es clave. Pero un candidato presidencial debe,
además de denunciar, hacer diagnósticos certeros sobre la realidad nacional; esto
es, establecer explicaciones, conectar variables, hacer pedagogía sobre los problemas
del país y comunicar cómo operan las lógicas de los problemas y, a partir del diagnóstico,
proponer. Denunciar, diagnosticar, proponer. Francia denuncia, esa ha sido su
labor por años como líder social, pero diagnostica poco y, cuando propone, no
dice nada. Muchos queremos un país sin racismo, sin machismos, sin clasismos…
pero ¿y cómo se lograría eso? Esa es la pregunta que Márquez debe responder.
En redes sociales leo con frecuencia que Francia debería ser
la candidata del Pacto Histórico, que Petro, por sus problemas y sus desgastes,
debería hacerse a un lado y que “muchos no están preparados para esta
conversación”. Celebrarle a Márquez acríticamente su campaña es tanto o más
racista que el racismo estructural que ha invisibilizado a las comunidades negras
históricamente en Colombia. La celebración acrítica, y la mención frecuente de
que “a Francia le cabe el país en la cabeza” es tan solo una práctica discursiva
que se adscribe a ese multiculturalismo celebratorio que aplaude cada vez que
un negro hace algo destacado. Abyayalistas, feministas y gente anti-Estado
celebran esta campaña porque supondría una transición hacia un país colectivista
y puro, dirigido por una alteridad subalternizada y colonialializada. Por eso
insisten en que Márquez es la mejor opción, aunque sea evidente la precariedad
de sus propuestas.
Francia oscila entre el multiculturalismo étnico, que ve en
ella el éxito de las políticas liberales de reconocimiento de la diversidad
cultural, y el criticismo latinoamericano que exalta la performatividad de la
diferencia. La esencialización de las identidades que ambos realizan resultan
extremadamente riesgosos para un proyecto político como el de Francia Márquez,
que apenas inicia.
Muy interesante. La parte de la celebración acrítica es muy cierta y cada vez se incrementa más.
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