Hay gente que tiene 40 y parece de 20. En mi tierra se les conoce como “mata años”; es decir, personas a las que los años no les pasan, los matan, se los saltan. De apariencia siempre juvenil, los “mata años” mantienen un halo de frescura en su imagen que, sin embargo, no es del todo infalible: todo “mata años” tiene arrugas y líneas de expresión, tal vez mínimas, tal vez casi que imperceptible, pero ahí están, develando los 40 reales. Pero, en cualquier caso, gozan permanentemente de las bondades de la juventud.
Hay políticos en Colombia que son “mata años”, pero no por
su apariencia física, sino por sus discursos y por sus actos. Se trata de
figuras de reconocimiento nacional que llevan décadas en la política, jugando
al juego que les pone en la mesa el sistema, participando en elecciones,
tejiendo alianzas con sectores tradicionales, o sea tejiendo alianzas con
políticos viejos, practicando una política vieja y, sin embargo, se maquillan
de tal forma que siempre proyectan juventud política: renovación, cambio, salto
cualitativo. Y la mayoría de sus electores se lo creen. Han logrado consolidar
la idea de que tienen 20 y no 40, pues pocos son los que conocen de cerca sus
arrugas en sus trayectorias de vida pública.
No se trata propiamente de políticos viejos con alma joven o
de personajes que, desesperados, se ponen a hacer cosas ridículas para conectar
con los votantes jóvenes, como fue el caso de Oscar Iván Zuluaga en las pasadas
elecciones. Uno fácilmente identifica cuándo un viejo se las tira de pealo. El
fenómeno de los políticos “mata años” es que, efectivamente, proyectan
juventud, es difícil calcularle la edad política y tienen a medio mundo
engañado.
No son políticos de derecha. La derecha siempre ha asumido
su carácter vetusto sin tanto lío y son profundamente orgullosos de ello. Son
político que se dicen de centro y de izquierda. Ahí, en ese espectro
ideológico, emergen estos “mata años”, pues encuentran en los discursos
contemporáneos una batería de maquillajes que los embalsaman al punto de
presentarlos como unos imberbes adolescentes recién aparecidos. La izquierda se
ha vuelto una gran tienda de cosméticos a la que llegan veteranos de la
política a disfrazarse de cambio y renovación.
Los “mata años” usan deliberadamente los discursos del
cambio climático, de la lucha anticorrupción, del feminismo, de las
diversidades sexuales y de género, del emprendimiento, del anticolonialismo,
del pensamiento desde el sur, etc., como herramientas para ocultar el gamonal
que llevan dentro. Al incorporar en sus lenguajes estos tópicos proyectan esta
imagen de vanguardia y progresismo que se cae solo viendo cómo gobiernan, qué
cargos han ocupado en su vidas públicas, quiénes han sido sus padrinos. No es
que no crean en estos discursos, es que, más allá de creer o no, estos
discursos son puro y simple instrumento para conquistar o mantener el poder
conquistado.
A veces sutil y a veces descaradamente, estos políticos
reproducen prácticas antidemocráticas como el clientelismo, el sectarismo, el
juego electoral despiadado, el enriquecimiento personal y de su camarilla de
aduladores, el clasismo que despliegan cada que alguien les señala su pasado.
En la práctica, queda claro que son parte constitutiva de la clase política
tradicional que tanto critican.
En su libro sobre los partidos políticos en Colombia el
profesor Francisco Gutiérrez afirma que en los noventa había dos rutas para
sobrevivir en política: o eras un barón electoral tradicional de esos típicos
del siglo XX, o te volvías un crítico de ellos. Ambas rutas, al final, se
fueron fundiendo en una sola: actuar como barón electoral, pero en el discurso
detestarlos. Y esta es la esencia misma de estos políticos “mata años”: son
igual de faccionalistas y sectarios, igual de pragmáticos e igual de ambiciosos
que cualquier político del Siglo XX, pero en tenis y “aliades” del feminismo.
Por ahí gobiernan la capital, y gobiernan departamentos en
el Caribe.
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