Hace unas semanas escribí una entrada en la que intentaba
exponer la sensibilidad por el gasto público que existe en Colombia en la
actualidad. Dije que “así como con Carrasquilla [que fue el responsable de
detonar una de las mayores movilizaciones sociales en la historia del país], la
gente no perdona que los gobernantes, sean quienes sean, utilicen los recursos
del erario para gastos suntuosos que solo benefician a unos pocos”. Dije también
que “en las democracias actuales pesan tanto la redistribución de la riqueza
como la redistribución de los privilegios, pesa por igual tanto la lucha contra
la pobreza como la lucha contra la riqueza mal habida, que el problema [para un
gobierno como el de Petro] no son solo los millones que se pierden en la
corrupción, sino el descaro público de usufructuarlos y restregárselos a los
demás”. Y terminé preguntándome “¿De dónde viene esta hipersensibilidad por el
gasto público?”
Intentaré, pues, dar una respuesta a este interrogante.
El primer lugar, un elemento central de esta
hipersensibilidad tiene que ver con un entorno internacional en cuyo centro se
encuentran, además del cambio climático, temas como la lucha anticorrupción. Con
escándalos como los de Odebrecht el tema, por lo menos en Latinoamérica, es
central. Basta ver las estadísticas para encontrar que en países como Ecuador,
Perú y Paraguay el principal problema nacional es, justamente, la corrupción
derivada de los dineros públicos. La hipersensibilidad por el gasto público se
traslada también en el gasto que hacen los políticos hasta con sus propios
sueldos. El recordado escándalo en España de Pablo Iglesias e Irene Montero por
la compra de una casa de más de 600 mil euros es una prueba más de este fenómeno
global.
Pero en Colombia el asunto es tal vez más complejo porque
integra otras variables, de tipo contextual y de tipo vivencial. Lo contextual
tiene que ver con que efectivamente en Colombia la corrupción se erige como principal
problema nacional con un 24%, muy por encima de temas graves como el
narcotráfico (0,3%), el desempleo (11%) y la economía (12%) (Latinobarómetro, 2021).
La hipersensibilidad por las formas en que se gastan el dinero público es,
entonces, la consecuencia del malestar generalizado con la corrupción: nos
molesta no solo que se roben la plata, sino también que la inviertan para satisfacer
comodidades y privilegios de unos cuantos. La corrupción como problema central
también es causa y consecuencia (puede ser variable dependiente o
independiente) de la crisis de la democracia y de la crisis de los partidos: a casi
un 40% de los colombianos nos da igual un régimen democrático que uno no democrático
y el 78% no sienten ninguna cercanía con algún partido político
(Latinobarómetro, 2021).
Y lo vivencial tiene que ver con que todos los habitantes de
este país, sobre todo quienes venimos de la provincia, hemos sido testigos de
hechos de corrupción. Todos hemos visto cómo algún amigo o familiar se ha
vuelto rico con plata pública. En este país el salario, aunque sea un buen
salario, jamás va a alcanzar; por tanto, o heredaste, o estás en el negocio del
narcotráfico o estás en el negocio del clientelismo corrupto. El emprendedor
exitoso es una muy escasa excepción. El camino más expedito para quienes buscan
dinero fácil es, sin duda, la corrupción.
Entonces el sentir ciudadano es más o menos el siguiente: nos
caen mal los políticos y sus partidos y nos da igual lo que ocurra con la
democracia mientras alguien resuelva el bendito problema de la corrupción (por
eso mismo casi gana el señor impresentable de Rodolfo Hernández) y mientras dejemos
de ver a los políticos dándose la buena vida con la plata de todos. La hipersensibilidad
por el gasto público es, pues, una actitud que emerge de una subjetividad
política que ha sido sedimentada por décadas de abandono estatal y por la
consecuente inexistencia de un espacio público en la política nacional. Frente
al pragmatismo de los políticos, la respuesta es el asco. Asco del cual la
izquierda se ha servido y que hoy le está jugando en contra.
Una tarea urgente del gobierno y de la izquierda en general
es la de dislocar esas emocionalidades negativas que conforman la hipersensibilidad
por el gasto público (la envidia, por ejemplo) y procurar otras narrativas, que
puedan a largo plazo generar una actitud ciudadana verdaderamente democrática
con el campo de lo político.
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