La masacre ocurrida este 7 de enero en Francia
contra el semanario satírico Charlie Hebdo por parte de dos extremistas
musulmanes, y que dejó como saldo a doce personas muertas y otras diez más heridas, resulta ser un suceso que, más
allá de lo lamentable, invita a una serie reflexiones respecto de la sociedad
contemporánea; sus religiones, sus valores y la forma a través de la cual se
tramitan las diferencias. De todo lo que podría decirse se destacan dos
aspectos puntales: por un lado el desconocimiento y la estigmatización que,
bajo el discurso del terrorismo, se tiene sobre el mundo árabe, el medio
oriente o el oriente próximo y por otro lado, el latente pero contundente
choque entre occidente y el resto del mundo; o en otras palabras, el choque
entre la democracia y la no democracia.
La presencia de grupos musulmanes radicales
que despliegan actos de terror sobre la población civil en los países del medio
oriente y en el mundo es innegable. Con variaciones tanto de tácticas militares
como ideológicas se encuentran Al Quaeda, los talibanes en Afganistán, Hamás en
Palestina, Hezbolá en Libano y el reciente Estado Islámico que ya domina el
norte de Siria y el noroeste de Irak, y
algunos más que cada tanto realizan un atentado suicida, un carro bomba, un
ataque a una escuela, una masacre indiscriminada. Otros, sin estar adscritos a
alguno de estos grupos, actúan de forma individual como ocurrió en Paris. Pero
también existe o ha existido grupos e individuos que siembran terror en el
resto del mundo: ETA en el País Vasco, IRA en Irlanda, las Farc y el ELN en Colombia e individuos como los gringos que
cada tanto asesinan estudiantes en escuelas, o el neonazi noruego que en 2011
asesinó a 77 jóvenes en las afueras de Oslo.
El pensamiento radical político-religioso es
inmanente a la naturaleza humana y no exclusivo de los que practican el Islam. No
olvidemos que los valores de la sociedad moderna que tanto se veneran actualmente
están cimentados sobre siglos de guerras y muertes; desde la edad media con las
cruzadas que en nombre de Cristo lucharon por tierra santa, el genocidio de los
nativos americanos en la conquista, la Santa Inquisición y las dos guerras
mundiales del siglo XX que desnudaron la putrefacción de una sociedad racista e
indolente que no admitía la diferencia. Pero ahora, con el discurso del
terrorismo auspiciado por los medios de comunicación que ignoran por completo
la complejidad del mundo árabe, los más
de 1.157 millones de musulmanes que existen en el mundo son susceptibles de ser
terroristas; o por lo menos así lo hacen ver las marchas en Francia y las
manifestaciones de solidaridad en todo el planeta. Hay fundamentalismos en el
cristianismo, en el judaísmo, en el islamismo, en todas las religiones, pues
este tipo de pensamiento es un artificio propio de la humanidad y transversal a
la historia misma.
¿Cuál ha sido el caldo de cultivo para el
surgimiento y consolidación del pensamiento fundamentalista en las naciones del
medio oriente? Más allá de interpretaciones literales del Coran, autores como
Noan Chomsky han planteado que organizaciones como el Estado Islámico surgieron
como respuesta a las invasiones de Estados Unidos en Afganista e Irak. Es
decir, la lucha contra el fundamentalismo islámico no produce otra cosa que la
radicalización de las acciones bélicas generando más atentados, las masacres,
más muertes.
Pero más allá de los intereses económicos y
geopolíticos que occidente tiene sobre el medio oriente, lo que subyace de
fondo es la idea de democracia. La democracia es el marco bajo el cual emanan
los grandes valores de la sociedad moderna: la libertad de prensa, el humor, la
sátira, el libre mercado, las libertades individuales, las elecciones
transparentes, la libertad de opinión, entre otros. Y es en nombre de la
democracia, como paradigma incuestionable, que se legitiman por ejemplo las
invasiones de Estados Unidos y las acciones dela Otan. Es en nombre de la
democracia que occidente auspició a los rebeldes de la primavera árabe que
permitieron el derrocamiento de las dictaduras en Libia y Egipto y es en nombre
de la democracia que se seguirán enfrentando cualquier amenaza que se desmarque
de la tradición política eurocéntrica. Democratízate o te mato, diría el Ramón
Grosfoguel.
Pretender democratizar el mundo es ignorar que
existen otros mundos; otras formas de concebir lo público, el poder, la vida.
Es imponer unos valores que son el producto de un proceso histórico de siglos
de maduración, de transitar un camino muy particular y que no todas las
naciones deben transitar ese mismo camino. Pretender democratizar el mundo es
asumir que las mujeres y los hombres del medio oriente tienen las mismas
necesidades que el resto del planeta y que solo a través de la democracia se
van a satisfacer. Es asumir que la idea de la dignidad humana es una sola.
Los sucesos de Paris son un claro ejemplo de
los choques entre los valores de la democracia occidental y las sociedades no
occidentales. Pretender que los musulmanes entiendan el humor, la sátira y la
ridiculización de figuras sagradas como parte de la libertad de prensa es
tratar de exportar e imponer unos valores que culturalmente no tienen asidero. Por
tanto, es necesario entender al islamismo en sus propios términos, rechazando
fuertemente sus acciones de terror contra inocentes, pero desmontando la
formula ‘musulmanes igual terroristas’ que pulula en los medios de comunicación
y comprendiendo que la democracia moderna si bien es el ideal para nuestras
sociedades no es un modelo inmutable y reproducible en cualquier rincón del
planeta.
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