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Las declaraciones de Aída Merlano: algunas reflexiones

Mucho se ha comentado sobre la entrevista que Aída Merlano le dio a Vicky Dávila. Que sus revelaciones no son nada nuevo porque simplemente describe cómo se hace política en el caribe, que sí hay revelaciones porque vincula directamente a Duque y a Santos en compras de votos, que devela las prácticas corruptas bajo las cuales los Char se han adueñado del poder en Barranquilla y en muchas partes de la región, que la versión sobre su fuga es totalmente inverosímil, que la abusaron sexualmente, que se nota que es una mujer inocente y manipulable, que su avispada hija no llegó virgen al matrimonio, que tuvo un amorío con Alex Char, que su dicción… etc. Y aunque la historia de Aída es todo un novelón, conviene señalar algunos aspectos claves de su discurso que dan cuenta no solo de los intríngulis de la clase política, sino también del funcionamiento general del sistema político colombiano. 

En primer lugar, Merlano expresa, sin mucha consciencia, la forma en la que históricamente el centro y las regiones hacen política en elecciones presidenciales: los candidatos presidenciales van al Caribe, negocian con los otrora caciques o gamonales, ahora con “operadores locales” dueños de los votos. El patrón (porque son verdaderos patrones, no importa en qué sector de la economía se muevan, siempre actúan como los dueños de la finca) le pone los votos al doctor de Bogotá y este, si gana, los favorece con nombramientos en cargos de segundo y tercer nivel y con sendos contratos en entidades nacionales con presencial territorial (ICBF y SENA son los casos más representativos). Estos cargos se traducen en potencial electoral; o sea, hacen parte la clientela del patrón que la pone a funcionar en elecciones locales y legislativas. Este matrimonio entre clases políticas, para que sea viable debe capturar también los entes de control. En las regiones, la clase política local captura las contralorías, procuradurías y fiscalías provinciales y en Bogotá el presidente, señor todopoderoso, controla estas mismas entidades en el nivel nacional.

Así se cierra el círculo: gamonales y contratistas ponen miles de votos, candidato presidencial paga apoyo con cargos y contratos cuando ya es presidente (y les ayuda en la Fiscalía pa’ que no los investiguen), estos cargos y contratos engordan los votos del gamonal que, chupando de la teta pública por cuatro años, recupera con creces la inversión hecha. Gran parte de estos dividendos se invierten en la financiación de nuevas campañas para conquistar cargos en cualquier escenario del Estado. El Estado es, pues, en esta relación instrumental, una fuente de extracción de riqueza. Aunque superficial, esta forma de plantearlo es no solo bastante cercana a la realidad sino, además, aleccionadora. Y ese es, precisamente, el potencial del discurso de Aída, pues revela con inusitada precariedad las profundidades de estas relaciones.

Tal vez el caso de los Char merezca un tratamiento diferente en la medida en que no son una fuerza política regional cualquiera. Su poderío es tal que tienen una permanente proyección nacional; han tenido ministros, apoyan con la franquicia de Cambio Radical a una recua importante de políticos menesterosos que les juran lealtad, se asocian con otras clases políticas de la región (como los Cotes en el Magdalena), son dueños de una gran bancada en el congreso con la que pueden apoyar o rechazar proyectos claves del gobierno nacional. Son, en resumen, macro-empresarios electorales.

Pero el caso de los Char es atípico: es muy raro que una red política local tenga pretensiones regionales/nacionales como la tienen ellos. En general, la política colombiana, y en particular la caribeña, está llena de pseudo tecnócratas indolentes, aficionados diligentes, mentecatos caribonitos –como Aída o como el Mello Cotes o como Juan Pablo Díaz Granados- y avivatos compravotos como el Ñeñe que, gracias a una precaria concepción sobre lo público, protagonizan el entramado putrefacto que describe la Merlano y del que ella hizo parte. Un entramado de corrupción electoral y de criminalidad normalizado e instalado en el sentido común; culturalmente aceptado, cultivado desde el silgo XIX y con una gran capacidad de adaptación. Su explicación radica menos en la laxitud ética que en laforma en la que las regiones se articularon a la vida nacional.

La consecuencia histórica del clientelismo como eje articulador del sistema político colombiano y como estructurador de las relaciones entre el centro y las regiones no solo son las aídas y los ñeñes, personajes cuyo propósito es de parasitar los recursos públicos y gozar de las bondades del poder, ni tampoco los caudillismos subnacionales tipo Char, intocables semidioses sacrosantos. La consecuencia principal de este patrón de relacionamiento ha sido la ausencia total de un proyecto integrador de nación que establezca relaciones simétricas entre centro y las regiones y que incorpore a la vida nacional todos los territorios del país. Ante la ausencia de este proyecto, el clientelismo ha sido la única polea de transmisión entre Estado y sociedad.

Parafraseando a Mauricio García, en Colombia ha habido más Estado que nación, pero más clientelismo regional que nación y Estado. Aída, en su aparente inocencia e ignorancia, lo deja bastante claro.  

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