“cuenta con eso”, “no te preocupes que eso sale”, “hay que estar en la jugada, toca tirarla toda y ya luego gestionamos”, “todo bien que eso va”.
Como estas, hay muchas más expresiones que en la época el electoral
se vuelven el pan de cada día, se vuelven letanías en bocas de candidatos,
líderes de grupos políticos y de operadores locales de votos. La retahíla se repite
sin variaciones en todos metederos políticos del Caribe colombiano desde por lo
menos la elección popular de alcaldes y gobernadores. Su objetivo: conseguir votos
a punta de prometer favores con recursos públicos; prometer la consecución de
un contrato, la continuidad de este, una beca, la pavimentación de una calle,
el arreglo de un parque, la construcción de un parque, etc. Promesas, solo
promesas, como cantó Silvio Brito.
Dos días antes de las elecciones parlamentarias aterricé en Santa
Marta y me llamó la atención que vi un montón de personas que
vestían camisetas de color naranja: grupos de veinte o más muchachos por las
calles repartiendo publicidad del movimiento Fuerza Ciudadana (FC). Mientras
iba en el bus vi al menos cuatro grupos de estos, todos entusiastas, en algunas
partes de la ciudad cargaban pancartas con la publicidad de los candidatos que
participaban en las elecciones legislativas del 13 de marzo, todos ensopados de
sudor por el sol de las tres de la tarde. Recordé que ya había visto algo parecido, en las elecciones a rector de la Universidad del Magdalena. Lo primero que me pregunté fue “¿cuánto
le pagarán a esa gente por camellar todo el día?” Calculé unos $30.000 diarios
y dije “en una ciudad con el 60% de informalidad, esto de la política es una
bendición no solo para las litografías”.
Ese mismo día me enteré de que la inmensa mayoría de las
personas que trabajaron con FC repartiendo publicidad no son pagadas, son voluntarios,
porque, según los líderes del movimiento, los voluntarios creen en ese proyecto
político y donan su tiempo y sus energías a esa causa electoral. ¿Qué hace que
esta gente, sin ningún incentivo económico, se movilice a trabajar duramente
por el proyecto político de FC? La versión cándida de la respuesta sería que ellos,
efectivamente, creen en el proyecto y, por tanto, sudan la camiseta naranja con
amor y abnegación. La respuesta perspicaz podría ser la que esbocé en el primer
párrafo y que quiero explicar mejor (y que expliqué en esta entrada sobre el triunfo de Caicedo en la gobernación):
Las motivaciones para militar en una causa electoral por parte
de los últimos eslabones de una red política (o sea, los que reparten la publicidad
en la calle con cule sol) pueden ser múltiples, pero poco o nada tienen que ver
con abnegación y convicción. Estos muchachos ni siquiera son parte de la red
clientelar del caicedismo alimentada con los recursos millonarios de la
Alcaldía de Santa Marta y de la Gobernación del Magdalena. Ellos aspiran a
serlo, aspiran a que les den trabajo o a que les mantengan algunos beneficios
laborales o educativos. Los moviliza la aspiración, cuya semilla fue sembrada
por un “cuenta con eso”, un “tranquilo que eso va”.
En una red clientelar tradicional se intercambia apoyo electoral
por recursos del Estado; pero encuentro que FC practica un clientelismo en el que
sí se tranza apoyo electoral, pero, en vez de recurso público, se otorga una
promesa. El cliente da su voto y su tiempo y sus energías y a cambio recibe una
palabra que casi nunca se cumple. Ocurre similar con las Juntas de Acción
Comunal. Se aprovechan de la poca formación de las personas que las conforman
para intercambiar votos por promesas de alcantarillado, de pavimentación, de
parques. En el barrio de mis papás una persona miembro de la Junta pedía que
fueran a notificarle puesto y mesa de votación y así demostrarle a FC poder
electoral y, en consecuencia, poder conseguir la solución del agua. Las Juntas
tranzan votos por promesas de obras que, cualquiera con rudimentos de administración
pública, sabe que son un engaño.
Que los políticos engañen a la gente para hacerse elegir no
es novedad. Lo particular que observo en FC es el engaño clientelar en el
último nivel de la red, en los más lejanos a los centros de poder (y no me referiré a la contradicción mayor de FC: su discurso alternativo vs su práctica política tradicional). El engaño
clientelar consiste en no fidelizar a sus votantes, aprovechándose del
desempleo, pidiéndoles horas de trabajo voluntario, movilizando redes sociales
las 24 horas, en fin, dándola toda para nada. Los eslabones intermedios hacen más
o menos lo mismo, pero para mantener su contrato bien pago. Pero lo infame de
este tipo particular de subordinación radica en que juega con el anhelo de los
más necesitados, rueda sobre el alto desempleo y la desbordada informalidad y
se aprovecha de la ignorancia y la falta de formación en asuntos públicos de las
personas. No les pagan por su día de trabajo y, además, no les cumplen.
En esta relación de poder el subordinado tiene poca capacidad
de rebelarse y poca consciencia de la asimetría. En ocasiones, algunos, incluso
recibiendo poco o nada, se vuelven militantes diligentes capaces de inmolarse
si es necesario, interiorizando la dominación, celebrando la ecuación. Por eso
el engaño clientelar es una práctica con mucha efectividad y se afianza en
sectores necesitados, pues consigue con cero inversión apoyos electorales significativos.
Pero el engaño clientelar, aunque socava las libertades y mantiene
la relación de dominación, estimula la democracia de mercado. Los malos
resultados de Fuerza Ciudadana en las pasadas elecciones se explican, en parte,
porque se dedicaron a hacer clientelismo y no han sabido hacer felices a sus
clientes más lejanos. Y, en tanto cliente, el elector siempre buscará otro proveedor
que sí cumpla. Flaco favor le hacen a la democracia.
Comentarios
Publicar un comentario