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20 años de antropología en Unimagdalena: Una conversación necesaria


I Álvaro Acosta Maldonado[1]

@alvarodacostam

David Pombo Rangel[2]

@dpombor


Hace ya casi 20 años, iniciando el milenio, la Universidad del Magdalena se embarcó en la empresa de formar profesionales en antropología; una disciplina que, para entonces se impartía en Bogotá y en un par de regiones en el país. La idea de formar antropólogos era tanto atrevida como necesaria en la medida en que la región era, y todavía lo sigue siendo, un gran laboratorio para describir y analizar con conjunto de realidades culturales que, hasta ese momento, eran totalmente ignoradas: la región caribe se constituía como un escenario de exploración académica prometedor.

Dos décadas después, y con más de 300 egresados, observamos que el programa de antropología, y por ende los antropólogos que nos formamos en él, carecemos de un profundo reconocimiento político y académico tanto en lo local como regional. Tal afirmación, por pretenciosa que parezca, quedó en evidencia cuando, luego de la tragedia del 6 de julio ocurrida en el corregimiento de Tasajera, los medios de comunicación local y nacional entrevistaron como expertos sociales a un sociólogo y a un economista. ¿Cómo se explica que, luego de dos décadas de existencia, el programa de antropología, sus profesores y egresados no seamos referentes para explicar los fenómenos que, como el de Tasajera, requieren de una mirada profunda que dé cuenta de las variables sociales, políticas y económicas que atraviesan estos territorios?

Darle respuesta a este interrogante desbordaría nuestra pretensión; pues implicaría historizar y develar lógicas institucionales, prácticas curriculares e imaginarios pedagógicos respecto de la formación de los antropólogos en Unimagdalena. Empero, sí queremos hacer una reflexión crítica sobre cómo, en la actualidad, con el currículo actual puesto en funcionamiento el año pasado, no solo se reforzaría el ya desconcertante desconocimiento del programa en lo local y regional, sino que también se profundiza un modelo formativo anquilosado: un modelo que no responde a las necesidades de la región y que representa una involución respecto del plan de estudio anterior.

Haciendo una revisión del currículo académico, no de los microdiseños, encontramos que el Eje de Investigación, fundamental para que los estudiantes produzcan preguntas y problemas de investigación de la realidad social y cultural que los rodea, inicia en tercer semestre con una segmentación de los métodos y técnicas de investigación en tres grandes ramas, característico del modelo estadounidense de hacer antropología. En estas tres asignaturas el estudiante deberá tener un primer acercamiento a las metodologías, formas y herramientas para hacer investigación antropológica, incluida en esto la investigación en arqueología y en bioantropología. Al respecto, lo primero que podríamos mencionar a simple vista es que suprimieron asignaturas de filosofía de la investigación o epistemología, que en el anterior currículo eran impartidas en dos cursos que contenían lecturas básicas para la comprensión de nuestro quehacer en las ciencias y la investigación social en particular.

En este mismo Eje de Investigación, en cuarto semestre, pareciera que la asignatura correspondiente a este es el denominado “Laboratorio subdisciplinar en antropología” en el que por no llamarle etnografía y darle cabida a las áreas de bioantropología y arqueología definieron un nombre más amplio curricularmente. No obstante, nos preguntamos ¿será que los compañeros arqueólogos y bioantroplógos no requieren de la etnografía para las investigaciones en sus áreas? o ¿definitivamente estamos ante varios tipos de quehaceres, varios tipos de problemas de investigación y por ende varios laboratorios subdisciplinares? Si esto es así, entonces para qué insistir en empaquetar a la antropología en estas áreas de investigación, cuando el mínimo consenso que debería existir en la antropología, incluido el modelo boasiano, es que compartimos el mismo método de investigación: la etnografía.

Seguidamente, pareciera que los estudiantes de antropología durante quinto y sexto semestre no se enfrentan a la construcción y seguimiento de un proyecto o problema de investigación en antropología, ya que en estos semestres no existen asignaturas que hagan referencia a los métodos, técnicas o formulación de proyectos de investigación. En este sentido, suprimieron del currículo anterior tres asignaturas de Métodos y técnicas de investigación social y dos asignaturas de Proyecto de investigación y al parecer reformaron Trabajo de grado por el Seminario de actualización. En resumen, el Eje de Investigación para formarse como antropólogo (cientista social) pasó de ocho asignaturas recibidas desde primer a octavo semestre a cuatro asignaturas recibidas entre tercer y cuarto semestre de antropología y un seminario de actualización en último semestre que, por su nombre, no pareciera recoger lo que se suprimió. De acuerdo con esto, nos surge un interrogante ¿Estamos formando antropólogos con las capacidades, habilidades y conocimientos para formular preguntas de investigación que nos ayuden a resolver los distintos problemas sociales, culturales, económicos y políticos a los que se enfrenta un antropólogo formado en la región?

En línea con el Eje de Investigación, el Eje de teoría antropológica lo redujeron a dos asignaturas. Para nuestro gusto estaría bien si no hubiesen retirado del currículo actual Nuevas teorías antropológicas y estas nuevas asignaturas denominadas Teorías antropológicas I y II no se ofrecieran en quinto y sexto semestre. Consideramos que un estudiante puede abordar las distintas teorías en tercer, cuarto y quinto semestre incluyendo las nuevas teorías antropológicas, de modo que el estudiante de manera temprana no solo se familiarice con las teorías, sino que las aborde, enuncie y produzca a profundidad con cada uno de los postulados de las teorías expuestas en las asignaturas de este eje, no sobre recordar, resulta estructural en la formación de un antropólogo que a su vez es un teórico social.

Por otro lado, el énfasis en cultura Caribe prácticamente quedó borrado. Sin bien en la misión del programa reza que la construcción de conocimiento impulsada por este espacio académico se realiza “desde la región Caribe”, lo cierto es que no existe, al menos de manera explícita, una correspondencia entre esta premisa y el currículo actual. Hay tres asignaturas que abordan la discusión sobre el Caribe; a saber, Historia del Caribe en cuarto semestre, Construcción de Identidad Regional en quinto y Seminario-Taller Problemáticas Regionales en séptimo. En relación con el plan anterior, el campo de la historia queda reducido a un solo curso y no a dos; por tanto, en un solo semestre se tendrían que abordar los procesos históricos y sus diferentes aristas de los siglos XVI, XVII, XVIII y XIX: un claro retroceso.

Entonces queda el curso de Construcción de identidad regional para abordar con profundidad las discusiones sobre el Gran Caribe y sus complejidades, la relación con el Caribe colombiano y las particularidades de este último. También este sería el espacio para pensar la construcción del Estado-nación colombiano y su configuración regional. Temas supremamente amplios, que requieren una sólida formación en historia y que creemos merecen un espacio curricular generoso, toda vez que la necesidad del análisis antropológico regional/nacional es condición de posibilidad para la comprensión de la realidad actual. Esperar hasta séptimo semestre para tener un seminario sobre problemáticas regionales es insuficiente y tardío para iniciar la discusión sobre las culturas afrocaribes, palenqueras y raizales, las comunidades indígenas, los pueblos ribereños y costeros, las dinámicas urbanas y rurales de la región y, en general, es insuficiente y tardío para formar con seriedad antropólogos que comprendan su lugar de enunciación y su discusión con el mundo.

Por último, en el campo de las subdisicplinas de la antropología el plan de estudio es supremamente escueto y, precisamente por esto, irresponsable con la formación de los estudiantes. Al mantener el modelo boasiano de las cuatro ramas, la antropología social y cultural queda significativamente marginada. Salvo el curso de Antropología del desarrollo, este plan de estudio omite por completo un conjunto de subdisciplinas de importancia cardinal en la formación de un antropólogo contemporáneo: Antropología política y jurídica, Antropología económica y Antropología del parentesco, que hacían parte del plan de estudios anterior. Pero, además, otras que no estuvieron y que debieron estar, tales como: antropología de la salud y alimentación, de género, de las religiones, de la violencia y conflicto armado, solo para referenciar algunas. Mención especial merece Antropología simbólica, que fue excluida. Suponemos que esta corriente, transversal en la tradición del pensamiento antropológico, se aborda en el curso Teorías antropológicas II, tal vez en una o dos sesiones, dado el cúmulo de teorías existentes.

Así planteado, el panorama formativo de los futuros antropólogos de la Unimagdalena adolecerá no sólo de la revisión básica de las discusiones de las ramas de la antropología social más clásicas, sino también de los recursos analíticos que posibilitan la comprensión de los fenómenos culturales tanto regionales como nacionales y globales. Creemos que este deliberado diseño responde a una concepción particular de la antropología que reduce estas subdisciplinas a simples cátedras complementarias, susceptibles de omitir o de relegar a cursos electivos sin mayor peso académico; lo que, a su vez, indica, además de una pobre ambición pedagógica, una falta de imaginación explicable sólo a travéz de la ausencia de una reflexión sobre la realidad contemporánea.  

Esta reflexión, más que una crítica destructiva, es una invitación a todos los actores involucrados en el programa de antropología para que cuestionemos ese conjunto de ideas que pululan en los imaginarios académicos de la disciplina y que muchas veces asumimos como inamovibles. Aunque no desconocemos que hay una fuerte presencia de lógicas de parametrización propias de las mediciones gubernamentales que van más allá de las personas que administran el programa, conviene recordar que hace 20 años este espacio se creó con el propósito de contribuir a la comprensión de la realidad regional, formando un profesional con sentido crítico y capaz de provocar discusiones, por incómodas que fueran, respecto de las condiciones de pobreza, desigualdad y marginalidad de sus territorios.

Mantener un modelo decimonónico e incorporar algunas asignaturas sobre el Caribe ni responde a las necesidades de la región ni tiene el carácter disruptivo que requiere la educación superior en general y las ciencias sociales en particular en nuestros tiempos. Creemos que se necesita hacer presencia en los campos de intervención e investigación vigentes en la región, en la opinión pública, en el debate político, en discusión coyuntural y estructural; mostrar las diversas formas en las que se hace antropología e imaginar nuevos escenarios de acción; que superen ese modelo preconcebido y aplicado a rajatabla en nuestro programa, razón por la que decidimos provocar esta conversación incómoda, pero necesaria.


[1] Antropólogo de la Universidad del Magdalena, especialista en Estudios Políticos de la Universidad del Norte y Master en Ciencia Política de la Pontificia Universidad Javeriana.

[2] Antropólogo de la Universidad del Magdalena, estudiante de maestría en comunicación y marketing político de la Universidad Internacional de la Rioja.



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