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Continuando la conversación. La importancia de un debate más allá de lo académico

IÁlvaro Acosta Maldonado[1]

@alvarodacostam 

David Pombo Rangel[2]

@dpombor

En los últimos días hemos realizado una serie de intervenciones por redes sociales en las que expusimos nuestras opiniones referentes al Programa de Antropología de la Universidad del Magdalena. Se han entregado datos a la comunidad antropológica de la Unimagdalena acerca de la realidad del Programa en comparación con otros currículos ofertados en el país. Al igual que dejamos abierto para las conversaciones que puedan surgir, varios interrogantes sobre el curso de la primera carrera de Antropología en el Caribe colombiano. Asimismo, presentamos propuestas que permitan abordar el ejercicio de la investigación, el debate curricular y nuestra proyección social como miembros del mundo que nos rodea.

No obstante, con bastante desconcierto hemos visto algunos comentarios, publicaciones y opiniones que intentan deslegitimar nuestro deseo de problematizar sobre estos temas creyendo que tenemos algún interés soterrado de lograr con esto una plaza docente o un cargo directivo en la Universidad, sin mencionar quienes creen que no es momento indicado porque se acerca un proceso electoral a la rectoría y podríamos caer en el maniqueísmo entre el Verismo y el Caicedismo (sectores políticos que se enfrentan por esta dignidad).

Ante estos comentarios solo podemos mencionar que quienes escribimos estas opiniones hemos podido consolidar una experiencia profesional y laboral al margen del programa y no es nuestro interés obtener un cargo o una plaza docente en nuestra Alma Mater, por lo menos no en el corto y mediano plazo, al igual que no nos interesa vincularnos directamente al debate electoral que se avecina en la Unimagdalena. Por el contrario, estamos interesados en el fortalecimiento de una institución de la cual egresamos y de la que tenemos la fortuna de representar en nuestros lugares de trabajo.

Esto no se trata de un debate visceral entre estudiantes y egresados, ni una disputa de los del antiguo pénsum con el actual, mucho menos buscamos socavar a quienes están cursando asignaturas como arqueología o antropología forense, pero tampoco es para maravillarnos con la participación del Programa o sus estudiantes en el Encuentro del FELAA, el Congreso Colombiano de Antropología u otros espacios académicos, ya que en estos escenarios y algunos más también hicimos presencia y participamos las generaciones anteriores.

Al igual que la mención a la participación de los colegas egresados, por quienes sentimos profunda admiración, en la construcción de Antropología en Unimagdalena. Al respecto, seguiremos cuestionando el tipo de vinculación de estos con el Programa, la Facultad y la Universidad, cuando se sabe que los docentes catedráticos y ocasionales siempre tendrán una condición de vulnerabilidad para expresar sus ideas y controvertir las de la administración universitaria; en este sentido la balanza sigue siendo desigual, aunque aplaudamos el intento de vincular egresados con el fin de iniciar o consolidar sus carreras como profesores, pero el punto es ¿qué tanta influencia y garantías tienen nuestros colegas en la cimentación del programa? De esta forma, un simple análisis de correlación de fuerzas nos podría indicar qué tan efectiva es su incidencia en el rumbo del programa.

Evidentemente, Antropología de la Unimagdalena ha perdido relevancia ante el establecimiento antropológico nacional, incluso hay indicadores oficiales que no hablan bien de la gestión de quienes han dirigido el programa en los últimos años, muestra de ello es la pérdida de la Acreditación por Alta Calidad, los bajos puntajes en las pruebas Saber Pro, la baja calificación en lectura crítica en estas mismas pruebas y por ende el deshonroso último puesto, entre seis, del ranking nacional de programas académicos en 2020 publicado por la Revista Dinero. No tener en cuenta estos datos sería de obtusos. Sin embargo, sobre temas mencionados volveremos en otra de nuestras opiniones; en este caso es nuestro interés señalar la escasa proyección social del Programa y su nula participación en la opinión pública local y regional.

De esta forma, vemos una carente acción política del Programa de Antropología en relación con hechos tan trascendentales en el territorio. Por ejemplo, en conversación con la antropóloga (egresada) Margarita Granados, nos decía que le llamaba la atención que identificamos dicho vacío por lo sucedido en Tasajeras y no por lo que está sucediendo en la Sierra Nevada de Santa Marta (SNSM). A lo que nos hacía mención Granados es a la demanda que cursa su proceso en el Consejo de Estado contra el Decreto 1500 de 2018 y la cual fue interpuesta por distintos actores económicos que ven frustrados sus intereses por la denominada Línea Negra o territorio ancestral de los pueblos Arhuaco, Kankuamo, Kogui y Wiwa. Con la demanda, varios gremios económicos pretenden desproteger el territorio ancestral y así permitir actividades económicas de gran impacto dentro de la Línea Negra.

Estas problemáticas indígenas de la SNSM, que no han sido de nuestro interés académico o profesional, resultan relevantes en el curso histórico del Programa, ya que la primera tesis de antropología, por cierto, laureada, ponía en el debate antropológico local, cómo una población Wiwa de la Sierra reconfiguró su identidad a partir de un territorio ancestral, de cara a cada una de las dificultades que ha sorteado el pueblo Wiwa de Gotzehi. En este sentido, no tener una participación activa alrededor del tema en cuestión, sea como interventores, consultores u opinadores que movilicen la atención respecto a la magnitud de la situación de los pueblos Arhuaco, Kankuamo, Kogui y Wiwa, comprueba el punto de que el Programa de Antropología carece de participación y reconocimiento frente a problemas que le son, por naturaleza, propios. Creemos necesario que el programa, su dirección y sus docentes, deben sentar una posición institucional acerca de este asunto e invitar a toda la comunidad a una conversación abierta que busque un impacto más allá de una discusión de un salón clase, en donde participen, además de otras disciplinas, los medios de comunicación y los gobernantes locales.

Hay temas que no son coyunturales, pero sí permanentes en el debate de la antropología nacional y que, como afirmamos en nuestro anterior escrito, se ven borrados por completo en el nuevo currículo. Tal vez, se asuma esta crítica con la idea de que queremos poner al Programa de Antropología a meterse en todas las temáticas de relevancia social de la región y que otras unidades académicas de la Universidad también lo pueden emprender. Sin embargo, consideramos que un programa con más de 20 profesores y con 500 estudiantes es mucho lo que puede elaborar o producir.

La educación superior no implica únicamente la formación de profesionales. Compromete, además de sendos ejercicios de investigación, un conjunto de acciones que se enmarcan en la Responsabilidad Social Universitaria - RSU y que tienen como fin intervenir en la realidad circundante en donde la universidad opera. Así planteado, las ciencias sociales en general y la antropología en particular, tienen un compromiso mayor: participar y promover académica y políticamente las discusiones de interés regional y nacional. Porque la educación es, ante todo, un ejercicio político.

Adenda: Creemos necesario la creación de un programa académico en ciencia política y gobierno en la Universidad de Magdalena que posicione a la Facultad de Humanidades como referente en el debate público local y que coadyuve al programa de antropología a intervenir en estas discusiones. 

 



[1]   Antropólogo de la Universidad del Magdalena, especialista en Estudios Políticos de la Universidad del Norte y Master en Ciencia Política de la Pontificia Universidad Javeriana.

[2]  Antropólogo de la Universidad del Magdalena, estudiante de maestría en comunicación y marketing político de la Universidad Internacional de la Rioja.


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