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El federalismo y los hábitos de pensamiento: ¿qué nos dice la historia?

La discusión vetusta sobre la necesidad de transitar a un régimen político federalista en Colombia cada tanto se reactiva. Esta vez la impulsó el saliente presidente del senado Lidio García y la continuó Carlos Caicedo, gobernador del Magdalena, quien criticó que los recursos púbicos siguen centralizados pero los problemas sociales siempre han estado regionalizados. Al día siguiente los medios promovieron el debate y salieron a la luz, cual libreto de obra de teatro, las mismas posiciones antiguas a favor y en contra de federalizar el país. Las razones a favor son variadas y bien sustentadas, responden casi que al sentido común; las razones en contra, por su parte, tienen que ver con un habito de pensamiento enquistado en lo más profundo de nuestra experiencia colonial y adobadas con una mentalidad clasista que se expresa en la histórica jerarquización que ha caracterizado la relación entre el centro de la vida nacional y las regiones.

El siglo XIX es tal vez el periodo histórico más importante para comprender estos hábitos de pensamiento. Veamos.

Desde antes de la independencia, las tensiones entre las regiones del nuevo reino eran permanente. Más allá de las disputas políticas y comerciales entre Santa Fe y Cartagena, al interior de una misma región se desarrollaban escamaruzas entre pequeños poblados; un ejemplo de esto fueron las rencillas entre Cartagena y Mompox y entre Socorro y Girón. Tales tensiones no significaron mayor impacto en la vida de los pobladores de la Nueva Granada hasta que, entre 1810 y 1811, se avanza en la independencia y, concomitante a la de Santa Fe, se declaran independientes una decena de provincias más (Cartagena, Cali, Pamplona, Socorro, Tunja, Neiva, Quibdó, Mariquita y las cuatro provincias de Antioquia). Todas argumentaron ser fieles al rey de España y autogobernarse soberanamente hasta que los peninsulares se organizaran y retomaran el poder.  Las iniciativas para consolidar un solo Estado fueron un rotundo fracaso: Bogotá, gobernada por Antonio Nariño, quería un gobierno centralizado y las Provincias Unida un gobierno federado.

El argumento a favor era preciso: la vida colonial nunca fue integrada, ora por los accidentes geográficos, ora por las diferencias culturales, ora porque no existían lazos comerciales y/o redes de interconexión. En cualquier caso, la Nueva Granada fue más una jurisdicción político-administrativa que una patria integradora y, así las cosas, plantear un Estado centralizado era tanto inviable como contraevidente. Pero Bogotá no iba a aceptar ser una provincia más en una confederación de Estados en donde la mayoría eran infinitamente menos poderosos, sin tradición aristocrática, sin mayor formación académica y, sobre todo, sin experiencia para gobernar, como sí tenía la capital. Este periodo, mal llamado “La Patria Boba”, ni fue patria ni mucho menos fue boba: por más que las razones era contundente, siempre se observó con suspicacia la demanda de autonomía de las provincias y, en consecuencia, sendas guerras se desarrollaron entre el Estado Soberano de Cundinamarca y sus provincias aliadas contra regiones como Popayán y Pasto, que cesaron brevemente con la llegada del reconquistador Pablo Morillo.

Una vez expulsados los españoles en la segunda década del siglo XIX, Bolívar es ungido como primer presidente e impone, en la constitución de Cúcuta, un modelo centralizado y plantea que la administración del poder de ninguna manera debe pasar por la autonomía de las regiones, pues para el libertador el pueblo, y particularmente los provincianos, eran incultos, manipulables, ignorantes y por tanto presa fácil de engañar. Aunque hubo tensiones, se aceptó el argumento básicamente porque se necesitaba administrar la guerra, pues todavía existían ejércitos españoles en Cartagena y en el sur y un gobierno centralizado facilitaba esta labor. Pero unos años después, en 1826, luego de que Bolívar regresa de liberar Ecuador, Perú y Bolivia, en cuyos países impuso constituciones centralistas en las que combinaba dictadura con aristocracia, se enfrenta a la rebelión de las regiones: José Hilario López y José María Obando en Popayán y José María Córdoba en Antioquia, cuestionando el poder central y demandando autonomía regional.

La siguiente constitución, la de1831, si bien otorga algunas prerrogativas a las regiones, mantiene el modelo centralizado de Nariño y Bolívar. Y de nuevo la guerra: de 1839 a 1841 se sucede una de las guerras más cruentas del siglo XIX; la Guerra de los Supremos, liderada por generales de la independencia representante de las regiones que, profundamente molestos con el gobierno central, exigían federalismo y reformas liberales. La guerra militar la ganó el gobierno, pero en la guerra ideológica trinufó el federalismo, que empezó a ganar terreno cuando subió a la presidencia Tomas Cipriano de Mosquera, un general bolivariano y que tiempo después se vuelve el líder de lo que hoy se conoce como el progresismo modernista.

Con Mosquera se crea la constitución del 53 que plantea autonomía a las regiones y le resta poder al presidente. Estas ideas se refuerzan con la constitución del 58 y se ratifica con la del 63, en la que se crean los Estados Unidos de Colombia: una unión de provincias, convertidas en Estados, totalmente autónomas que delegaban al gobierno federal solo algunas funciones específicas y que prometían desarrollo regional. Pero tal desarrollo no llegó, pues la conformación de los partidos políticos, las tensiones entre provincias y su inestabilidad interna, los fraudes electorales, la ambivalencia del poder federal, pero sobre todo la oposición conservadora que se atravesó a todo intento de modernización del Estado generaron un entorno propicio para que la constitución del 63 fuera reemplazada por la de 1886, una constitución centralista, autoritaria y absolutamente conservadora que restituye el poder de la iglesia y que impone un modelo tradicional de sociedad.

El resto de la historia ya se la saben. Pero, en resumen, las demandas federalistas y de modernización de las regiones siempre se vieron, desde Bolívar hasta Núñez, como un intento de insurrección injustificado, como una actitud igualada por parte de gente de menos valía, de por allá lejos, de provincianos caudillos y hambrientos de poder, de gente ignorante que no sabe votar, presas de cualquier idea seductora y que adolecen de los abolengos capitalinos. Y la experiencia de la república federal se los confirman en tanto todos estos pecados se exacerbaron y convirtieron al país, desde la narración histórica hegemónica, en una gran rochela degenerada. De ahí la propuesta de la “regeneración”. En adelante, este habito de pensamiento se reforzó con la idea de que el federalismo es corrupción y que centralismo es transparencia.; un régimen discursivo que emana desde el centro y que tiene como efecto de verdad la imposibilidad de imaginar, aún en el presente, un modelo de gobierno regional verdaderamente autónomo.  

La república federal del siglo XIX tuvo miles de problemas, pero estableció las bases para un sistema político ideal que las fuerzas de la reacción impidieron germinar. Como consecuencia del centralismo tenemos en el presente una estela permanente de guerras, conflictos internos, incapacidad institucional, pobreza regional y, sobre todo, corrupción. Pecados que le endilgaban al federalismo de antaño. Hoy, más que nunca, y con más de cien años de ineficiente y mezquino centralismo, necesitamos superar la talanquera mental que nos impide proyectar un país pluriregional y plurinacional. 

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